Geraldina Céspedes, teóloga. «Hay que resacralizar el cuerpo de la tierra y el cuerpo de las mujeres, que son los más profanados»

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Ella es dominicana de nacimiento, pero se dice guatemalteca de corazón. Geraldina Céspedes, Doctora en Teología sistemática por Comillas, forma parte de la directiva de la Asociación de teólogas y teólogos del tercer mundo. Ahora se ocupa, desde Madrid, de la formación de su congregación de las Misioneras Dominicas del Rosario. Entre sus libros está “Ecofeminismo: teología saludable para la tierra y sus habitantes”, en PPC.

¿Qué es el ecofeminismo, que da título a tu último libro?

El ecofeminismo es a la vez nuevo y antiguo, porque busca respuesta a lo que yo llamo los dos grandes gritos de la humanidad: el grito de las mujeres y el grito de la tierra. El Ecofeminismo recoge y aúna las propuestas de los movimientos ecologistas y de los movimientos feministas. Frente al dicho de «matar dos pájaros de un tiro», que implica la idea patriarcal de violencia, a mí me gusta decir que el ecofeminismo lo que busca es «liberar dos pájaros de una jaula». Y los dos pájaros históricamente atrapados en las redes del sistema capitalista patriarcal son las mujeres y la madre tierra.

¿Qué tiene que decir la teología al respecto, cómo casa el ecofeminismo con la fe en el Dios de Jesús?

Yo como teóloga veo que la tarea que tenemos es muy bonita y muy compleja. Porque uno de los daños que nos ha hecho el patriarcado tiene que ver con la utilización de ciertas imágenes de Dios para legitimar relaciones de dominación. Para mí es una cuestión crucial y lo digo desde la experiencia de haber trabajado con mujeres de distintos ámbitos, tanto en la academia y la teología como a nivel de la base, a nivel pastoral. He constatado en todos esos ámbitos que los sistemas de creencias tienen mucha más fuerza de la que pensamos, y no me refiero tanto a Iglesia o religiones como a algo más profundo que está más allá, como incrustado en el corazón del ser humano. Los sistemas de creencia juegan un papel clave, pues pueden atrofiarnos y dañarnos o pueden liberarnos. Ahí entra la cuestión de Dios, el factor Dios, que es muy poderoso y que ha sido utilizado fuertemente en las religiones, en el cristianismo desde luego. Imagínate que de algo tan dinámico, fresco y revolucionario como el movimiento de Jesús hemos hecho algo excluyente. En la visión que nos transmite Jesús, lo más rico es una nueva imagen de Dios, pero hemos convertido la metáfora “Padre” en lo central del cristianismo y no lo es. Si vas a los evangelios lo que transmite Jesús es una praxis liberadora que coloca la vida en el centro, coloca al ser humano por encima de las tradiciones y de las normas. Muchas veces hemos reducido el cristianismo a normas, a una religión que parece coto privado de los varones.

¿Cuál es la tarea para las ecofeministas cristianas? ¿Qué podemos aportar las mujeres para esa vuelta al mensaje de Jesús?

Uno de los aportes que estamos haciendo desde esa visión ecofeminista es levantar preguntas, no tragarnos lo que se nos presenta sin más, sino la hermenéutica de la sospecha. Hay que pensar fuera de la jaula donde se nos ha metido siempre a las mujeres. Hay una tarea muy fuerte de deconstrucción de todo lo que se nos ha marcado como el camino a seguir y eso pasa por abrir nuevos espacios. Hay que reclamar los espacios que nos corresponden en la Iglesia por fidelidad al proyecto de Jesús. Porque la Iglesia nace desde la experiencia de las mujeres como las primeras testigas de la resurrección de Jesús. Es su experiencia la que hace posible volver a congregar al resto de los seguidores. En el cristianismo primitivo, las mujeres tienen ese papel protagónico, pero después van siendo silenciadas en la medida en que se va dando una institucionalización de la Iglesia que se aleja del sueño original de Jesús. Hay que recuperar al Jesús de los evangelios y eso nos va a reconectar con su proyecto inclusivo.

También como ecofeministas debemos reconectarnos con todas las criaturas, con la tierra, con el camino de justicia y de paz, de comunión con toda la creación. Y eso tiene  que ver con una visión de todo como sagrado. Hay que resacralizar la tierra y a las personas, porque cuando tú entiendes que esa persona es sagrada no le vas a hacer daño, no la vas a utilizar, la vas a respetar y hasta venerar como ser humano. Eso es lo que ha de estar a la raíz de la superación de la violencia, la desigualdad y las injusticias. Hay que recuperar esa visión de la persona como sagrada. Yo digo que hay que resacralizar el cuerpo de la tierra y el cuerpo de las mujeres, que son los más profanados.

¿Tenemos también tareas para nuestra vida cotidiana?

Primero necesitamos darnos cuenta de los machismos y los micromachismos que hemos internalizado y que multiplicamos y, una vez detectados, comenzar a resistirnos, a decir no frente a situaciones en las que siempre hemos dicho sí. Porque hay que apartar todo aquello que nos coloca como ciudadanas de segunda categoría, todo aquello que, en la familia, los despachos, en la calle, son manifestaciones del patriarcado, de unas relaciones desajustadas e injustas. Esto es transformable, lo hemos creado y podemos cambiarlo. Por ahí va, y hay que entender que el patriarcado no solo establece relaciones de choque, antagónicas, entre hombres y mujeres, sino que también crea rivalidad entre mujeres y ahí es donde viene cómo hacer alianzas, cómo unimos fuerzas, cómo tejemos sororidad.

Y nuestro modo de vida ¿no debe de cambiar también?

Claro, hay que entender la estrecha relación entre la crisis ecológica y la crisis del patriarcado. Debemos de tratar de vivir esos nuevos paradigmas en nuestra vida cotidiana, con prácticas más ecosostenibles, prácticas de compasión ecológica, pensar en lo que consumimos y comemos, cómo nos movemos, qué transporte usamos. Porque el ecofeminismo propone una espiritualidad que toca todo, es una forma de estar en el mundo, un estilo de vida que cuestiona y te hace cambiar. Y hay que adoptar una postura profética frente a los sistemas depredadores de los ríos, el mar, el aire, los bosques… Eso implica involucrarnos en proyectos de alto riesgo porque hoy día una de las cosas que te pueden llevar a la muerte es la lucha por la defensa de la casa común, hay ya muchos mártires socioambientales, entre ellas muchas mujeres de los pueblos originarios, yo conozco a muchas en América Latina.

La Iglesia, dices, está igualmente marcada por el patriarcado, entonces ¿cómo desclericalizar una Iglesia que está dominada por el clero?

En la Iglesia se han dado muchos pasos en ecología integral y conversión ecológica, pero hay que preguntarse, en todo eso ¿dónde están las mujeres? Yo reconozco que hay avances de reconocimiento de derechos, etc, pero no hemos llegado a plantearnos la tarea más importante que es despatriarcalizar la Iglesia. El patriarcado eclesial se expresa en el clericalismo, que afecta no solo a los clérigos, pues está muy internalizado entre los laicos y entre las religiosas.  Yo soy miembro de una congregación y digo que el día que las religiosas nos plantemos de verdad y hagamos resistencia, esto se cae, pero no cae porque lo llevamos incrustado y lo seguimos sosteniéndolo con nuestros miedos. Nosotras somos mayoría cualitativa y cuantitativa y tendríamos muchísimo peso para ir cambiando las cosas. Solo queremos vivir esa igualdad de ser a imagen y semejanza de Dios, con la misma dignidad. No estamos pidiendo nada extraordinario, sino simplemente dejar de ser ciudadanas de segunda categoría en la Iglesia, de estar siempre en ese lugar subalterno cuando estamos sosteniendo la institución con nuestro esfuerzo. Hay que actuar, simplemente deberíamos atrevernos a vivir eso que creemos: una Iglesia comunidad donde se vive el discipulado de iguales que fue querido por Jesús. ¿Creemos en la fuerza incluyente del evangelio y en que el proyecto de Jesús es una comunidad?, pues vamos a empezar a vivirlo en los espacios pequeños. Hay mucha gente que en la Iglesia están esperando palabras de los papas y de los obispos, del sistema jerárquico y piramidal, como esperando permiso y autorización; creo que debemos atrevernos a volar, porque tenemos alas y el aire (la fuerza de la Espíritu) no está secuestrada, no es de nadie, de modo que tenemos que empezar a vivir según el sueño de Jesús en los pequeños espacios cotidianos (nuestra familia, nuestra parroquia, nuestra comunidad, pues ese es el primer espacio de resistencia, de deconstrucción e innovación, de crear algo distinto).

Autoría

  • Lala Franco

    Alandar me permite hacer una de las cosas que mas me gustan como periodista: entrevistar a esas personas que son la sal de la tierra porque van cambiando el mundo con su trabajo, su reflexión y su denuncia.  Además, es un espacio para la libertad y la creatividad dentro de la Iglesia, muy necesitada de ambas. Y me da pistas para vivir de un modo más solidario y menos consumista y para seguir alimentando el núcleo espiritual que nos vincula, desde lo profundo, con el mundo, con los otros y con Dios.  Por lo demás, ahora soy una periodista jubilada de TVE que se mete en muchos líos. En la Revuelta de mujeres en la Iglesia, por ejemplo. Y que está agradecida a dos espacios eclesiales: la JEC (Juventud Estudiante Católica, que me albergó de joven, y Profesionales Cristianos (PX), mi actual comunidad de referencia. Soy murciana y, además de mi tierra de origen, amo Madrid, donde vivo;  pero también la Montaña Oriental Leonesa y Asturias, donde paso buena parte de mi tiempo. La vida, pues, no cesa de abrirme a  paisajes y horizontes nuevos, en todos los sentidos. Y yo trato dejarme sorprender por la riqueza y la novedad que nos rodea y los mensajes de cambio que sugiere. 

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