¿Dios se lo ha llevado?

Dios no juega a los dadosHace varias semanas, con gran tristeza, recibíamos en Sevilla la noticia de que, en medio del bullicio y la fiesta de la popular Feria de abril, un joven de 19 años había sido asesinado de una puñalada en el corazón. Al parecer, el robo de una cazadora desencadenó una reyerta que tristemente condujo a la muerte de este joven llamado Juan Fernando. Sin duda, un trágico suceso que saca de nuevo a la luz los tópicos de la violencia juvenil, de la falta de valores en los jóvenes, de la “deriva” moral, y que reclama responsabilidades a las instituciones, a los responsables de la educación, a la seguridad ciudadana, a las familias, etc.

Sin menospreciar estos temas que, sin duda, cuestionan nuestra vida social y moral, me gustaría reflexionar en estas líneas sobre otra cara de esta noticia. Unos días después del suceso leía en un diario las declaraciones de los padres de este muchacho de 19 años, un matrimonio católico que había adoptado a su hijo en Colombia: “Me gustaría encontrarme con los asesinos de mi hijo para decirles que les perdonamos y que esto les sirva para cambiar”, decía el padre, al tiempo que deseaba a los familiares de los asesinos “que nunca pasen por la experiencia de perder un hijo, que perdonen lo que han hecho sus hijos y que no les rechacen, que estén ahí porque los van a necesitar”. No dejó de asombrarme la actitud de perdón que denotan estas palabras, pero no menos asombro me produjeron las siguientes, esta vez de su madre: “Juan era tan travieso que tenía aburrido a su ángel de la guarda. Dios nos lo prestó durante 16 años. Hemos disfrutado de él durante este tiempo y Dios ha considerado que se lo tenía que llevar y él sabrá por qué”. A lo que su padre añadía, refiriéndose a su trágica muerte: “Lo sacamos de la ciudad más violenta del mundo —Medellín— y siempre pensamos que lo habíamos salvado de la violencia. Mira por dónde, ha muerto apuñalado en Sevilla”. A su juicio, eso demuestra “que existe un destino, que es la voluntad de Dios, y que su hijo “tenía predestinada una muerte violenta”.

Indudablemente estos padres estarán sufriendo el enorme dolor de la pérdida de su hijo querido, y tampoco me atrevo a poner en duda su manera de afrontar una situación tan dura como ésta. Con todos mis respetos hacia esta familia, que muestra una gran entereza y ni un ápice de rencor, sin ánimo de hurgar en ninguna herida, quisiera comentar estas últimas declaraciones que se refieren a Dios y a la fe. Entre otras cosas porque no es la primera vez que escucho este tipo de afirmaciones respecto a la muerte, el destino y la voluntad divina. ¿Qué Dios es ése, tan caprichoso y cruel, que quiere arrebatar su hijo a unos padres de esa manera? ¿Puede Dios “jugar a los dados” de esa manera con las personas y manejar la vida a su antojo, ensañándose y poniendo “pruebas” como ésta? ¿Es ése el Dios cristiano? Si es así, yo me borro ahora mismo…

Es cierto que, ante situaciones como ésta que nos desbordan, buscamos explicaciones como sea, y si tenemos fe, tratamos de darle un sentido creyente. Todo eso es legítimo y comprensible. La muerte no deja nunca de ser un misterio, más aún la de un ser querido, y la vida sigue siendo un regalo, un don del que no somos dueños, y que tiene “fecha de caducidad”. Pero no puedo creer que Dios sea tan cruel y caprichoso como para jugar de esa manera con el regalo que nos ha hecho. Al menos si hablamos del Dios del Evangelio, el Padre que Jesús nos ha revelado. Por Él tenemos la esperanza y la certeza de que la muerte no es el final, pues nos ha prometido una vida plena a su lado. Pero eso no le da “derecho” a recrearse en su omnipotencia y hacer de su voluntad un caprichoso azar que nos tenga “en vilo”. Me rebelo contra esa imagen de Dios, que de ninguna manera es la del Dios revelado en Jesucristo.

Entonces —preguntarán algunos— ¿qué explicación tiene un suceso tan trágico como éste? ¿Qué cabe decir o pensar de Dios? ¿Está Dios detrás de todo esto? ¿De qué manera? No es fácil responder humanamente a ninguna de esas preguntas, pero creo que hacemos un flaco favor a Dios y al ser humano si pretendemos explicarlas poniendo “verde” a Dios. Porque de este modo, convertimos a Dios en un sádico y despiadado señor, y al hombre en un títere sin libertad, a merced de las caprichosas decisiones de Dios. Más aún si para colmo lo justificamos todo desde el infinito amor que Él nos tiene, desde “lo mucho que nos ama”. Algo que he oído en funerales más de una vez…

Como personas, necesitamos responder a los porqués de nuestra vida, no podemos aceptar que algo quede sin explicación o demostración, nos cuesta admitir las dosis de misterio que incluyen nuestra vida y nuestra fe. Quizá sea más “fácil” cargar toda la responsabilidad en Dios y resignarse pensando que “Él sabrá”… Con todos mis respetos, creo que nos falta fe, porque no terminamos de fiarnos de ese Dios que nos ha hablado en Jesús, su Hijo que ha venido para darnos vida, y vida en abundancia (Jn 10, 10). El Hijo que, más que dar explicaciones, luchó contra el sufrimiento de los hombres y mujeres, para que no perezca ninguno de los que el Padre le confió (Jn 3, 14). El Hijo que sufrió y murió en la cruz, porque nos amó hasta el extremo (Jn 13, 1).

Este Dios, que es esencialmente amor y vida con mayúsculas, que se entrega a sí mismo para dar vida a sus hijos, no puede de ningún modo desear el dolor del hombre, no puede imponerle el sufrimiento como prueba de su amor. Este Dios está con el hombre, sufre con el que sufre, llora con el que llora, se remueven sus “entrañas” cuando uno de nosotros hace un uso inhumano de su libertad. Dios no nos carga con el sufrimiento, no es el autor o causante de nuestro dolor, pero sí nos da fuerza para sostenernos en el dolor, sí nos acompaña en estas situaciones, sí alienta nuestra esperanza para afrontar el futuro que se ha visto nublado con una desgracia. No conocemos la mente de Dios, pero su voluntad es ante todo salvadora y liberadora, no lo olvidemos. De ninguna manera puede ser una “losa” que caiga sobre nuestra historia cruel e irremediablemente. Si es así, nuestra fe se volverá tremendamente inhumana.

Así que, sin ánimo de dar lecciones a nadie, me quedo con mi fe, insegura y débil. La fe en un Dios que está con el ser humano, compartiendo su sufrimiento y alimentando su esperanza. La fe que no tiene todas las respuestas y explicaciones, pero que trata de buscar sentido desde Dios. La fe que a veces tiene que hacer silencio ante el misterio, la fe que pide más fe. La fe que nace de sentirse querido y sostenido por Dios. La fe que mira a Dios con confianza, no con temor. La fe que me llama a aliviar el sufrimiento de los demás. La fe en el Dios del Evangelio… ¿Quién se apunta?

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