Bruce, un párroco de barrio en Chicago

iglesia1-8.jpgEs un hombre joven e indudablemente yanqui. Habla español pero con un acento insufrible y con unos golpes a la gramática que se diría de él que más que hablar nuestro idioma lo perpetra. Y, sin embargo, se da a entender de maravilla. Habla con pasión y con una gran sonrisa. Comunica entusiasmo. Con sus palabras y con su vida nos recuerda lo que dice que le decía su directora espiritual durante muchos años, una religiosa, la hermana Irene Dugan, cada vez que hablando con ella se quejaba de la Iglesia, de su forma de funcionar, del autoritarismo de sus líderes y de tantas otras cosas como se pueden criticar: “¿Es que no tienes nada que hacer?

Bruce llegó hace más de veinte años a la parroquia de Holy Cross, como coadjutor. Y se ha dejado encantar por aquellas calles de Chicago, colonizadas por los inmigrantes. En ellos ha puesto alma, vida y corazón. En sus calles se está dejando la piel. Y todo porque sigue creyendo en Jesús y el Reino sigue siendo su sueño.

Cuándo llegaste a Holy Cross, ¿cómo entraste en relación con los jóvenes?

Sencillamente me fui con el balón al parque que está a dos cuadras de la parroquia. Allí estaban los jóvenes y no en la parroquia. Los invité a jugar y así nos conocimos. Con el tiempo, la relación fue mejorando y comenzamos a tener unas reuniones mensuales en un salón de la parroquia. Eran unas reuniones de tema muy abierto, donde ellos podían expresar sus inquietudes, sus temores, cómo veían su futuro. Todos eran miembros de la misma pandilla. La mayoría habían abandonado sus estudios justo al llegar al instituto, dado que eso suponía tener que salir de los límites territoriales de su pandilla y eso ponía realmente en peligro su vida.

A partir de ahí te planteaste qué podía hacer la parroquia por ellos.

Está claro que ése fue el siguiente paso. Más allá de quejarnos de lo malos que son, entendí que teníamos que echarles una mano. Los problemas venían de sus familias, la mayoría inmigrantes, familias desestructuradas, en las que los padres no habían tenido tiempo para dedicar a sus hijos porque había que trabajar todas las horas del día. Por eso, los jóvenes habían entrado en las pandillas. Sentían la necesidad de pertenecer a un grupo. La pandilla era, y es, su familia. Aunque pagan un precio muy alto por esa protección. Cometen pequeños delitos, grandes a veces, y muchos van a la cárcel.

Sacarlos de esa situación no es fácil. Hay que ganarse su confianza y ofrecerlos un futuro diferente. Hay que volverlos a llevar a la escuela. Fui cogiendo ideas de aquí y de allí. Comencé formando un grupo que tocase la marimba (el xilofón). La música era una forma de atraerlos y de sacarlos de la calle. Hoy funcionan en la parroquia tres grupos de marimberos que, además de tocar en las misas de los domingos, actúan en otros lugares y hacen giras por Estados Unidos. Son jóvenes que han dejado la calle y han encontrado otro grupo de acogida, una familia diferente.

Pero no era suficiente. El desafío más grande era volverlos a llevar a la escuela. La mayoría la habían abandonado en el paso de la escuela secundaria al instituto. El cambio suponía salir del territorio de su pandilla y atravesar todos los días, a la ida y a la vuelta, el territorio de otra pandilla, siempre por definición enemiga. Era demasiado arriesgado. No estamos hablando de insultos o peleas de chicos. En las calles de mi parroquia hay muchas esquinas que están manchadas de la sangre de jóvenes. Hay demasiadas pistolas en las manos de los jóvenes.

Por eso, la solución tenía que ser crear un instituto alternativo para esos jóvenes. Y lo hicimos. La Irene Dugan High School nació en los locales de la parroquia y acogió a unos pocos jóvenes. No se les pidió que abandonaran la pandilla. No se les pidió que cambiaran de vida. Sólo se les ofreció la oportunidad de continuar con la educación que habían interrumpido unos años atrás cuando dejaron la escuela. Hoy la mayoría de los que han pasado por esa escuela han continuado sus estudios en la Universidad. Y, lo más importante, algunos de ellos están volviendo para quedarse en el barrio y trabajar ayudando a otros jóvenes en dificultades.

Ver eso es algo maravilloso que compensa los muchos esfuerzos y sinsabores. Y también los fracasos, porque más de uno ha habido en estos años. Es terrible ver cómo algunos jóvenes por los que se ha hecho todo lo posible y más, terminan muriendo en las calles de forma violenta. Pero eso no es más que una señal de que hay que seguir trabajando. Hay mucho por hacer. Quizá por eso hoy no tenemos una sino tres escuelas alternativas para esos jóvenes.

iglesia1b.jpg¿Qué otras iniciativas has ido poniendo en marcha en la parroquia?

Lo primero de todo decir que no son iniciativas “mías” sino del equipo que trabajamos en la parroquia. Con los laicos he aprendido a escuchar las necesidades de la gente y tratar de buscar los medios para atenderlas lo mejor posible.

Con el equipo vimos que uno de los problemas que teníamos en la parroquia era la pobreza extrema. Muchos de los que vienen al barrio son inmigrantes recién llegados. No tienen trabajo todavía y si lo tienen el salario no les da suficiente casi ni para pagar el alquiler. Así que en la parroquia funciona una “Despensa Parroquial”. Ahí se reparten alimentos todas las semanas a unas 250 familias. Es algo que mucha gente no se cree que pueda suceder en un país como Estados Unidos pero es verdad. Y con la actual crisis se está atendiendo cada vez a más familias.

Otra iniciativa fue lo que llamamos el “Kid’s Cafe”, el café de los niños. Nos dimos cuenta de que en muchas familias los padres trabajaban tantas horas que los niños y jóvenes al salir de la escuela no encontraban a nadie en casa ni para que les preparasen la cena. El Kid’s Cafe funciona en las dependencias parroquiales. Allí se acoge a los niños a la salida de la escuela, se les ayuda con los deberes escolares –es maravilloso que esto lo hagan los jóvenes un poco mayores que se comprometen así ayudando a los más pequeños–, tienen un espacio seguro para jugar y se les da una cena decente (nada de “comida rápida”). Todos los días se atiende ahí a más de 60 niños.

Últimamente hemos visto que las escuelas alternativas no eran suficientes. Así que hemos montado por el barrio 6 casas de acogida, donde los chicos y chicas en situación de riesgo pueden pasar unos días acogidos mientras que se evalúa su situación y se les dirige a donde mejor puedan encontrar la ayuda que necesitan.

Podría seguir hablando de las “misas de cuadra” que organizamos en el verano por las calles que contribuyen a fomentar el conocimiento y la relación entre los vecinos, los cursos de formación de líderes, la asesoría jurídica y legal para los inmigrantes, las posadas en Navidad… Y, por supuesto, la catequesis a todos los niveles, los cursos para padres y madres y tantas otras actividades.

No queda mucho tiempo libre pero creo que la parroquia, la comunidad cristiana debe estar al servicio de los más necesitados. Pasa que en mi parroquia los necesitados son muchos y muy necesitados. Y los que estamos en el equipo parroquial queremos estar cerca de ellos y hacer todo lo que podamos por ellos.

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