Cuarentena de la vida

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Ilustración. Mural en Granada de Mino Cerezo Barredo extraído del DVD “Obra de Cerezo Barredo” (Ed. Nueva Utopía)Cuando los astronautas regresan del espacio, se aíslan en un tiempo de observación de la salud. Cuando hay sospecha de enfermedades peligrosas, las secretarías de salud exigen un tiempo que se llama “cuarentena”, cuarenta días de observación y cuidados intensivos. Actualmente, toda nuestra sociedad necesita entrar en cuarentena para revisar su camino de vida y de organización socioeconómica, política y cultural.

En algunas tradiciones antiguas, la costumbre de la cuarentena adoptó nombres y formas diferentes. En el Islam, el mes de Ramadán es tiempo de ayuno, al cual toda persona musulmana fiel se obliga. En las antiguas Iglesias cristianas, la celebración anual de la Pascua empieza con los 40 días de la Cuaresma.

Actualmente, la espiritualidad da más valor a la necesidad de interioridad que todos sentimos. En medio de las carreras de la vida, el tiempo pascual es la oportunidad para volver a encender en nuestro interior el derecho a la profundidad de la vida y disponernos a escuchar y acogernos mejor a nosotros y nosotras mismos, a las otras personas y a la naturaleza que nos cerca. Si lo hacemos, damos un salto cualitativo en nuestra forma de ser y de vivir.

En hebreo, el término “salto” se llama Pascua y significa que el propio Espíritu, madre de ternura, hace con nosotros y en nuestro interior esa danza de renovación de la vida. Eso no ocurre porque cumplimos ciertas prácticas de piedad o nos sacrificamos. Dios no necesita de eso. El amor está y actúa en nuestro interior gratuitamente. Lo que necesitamos es apenas abrirnos y estar disponibles a la acción amorosa que ocurre en ese interior. Eso sí nos lleva a cambiar de modo de pensar y de actuar. Es lo que en el lenguaje de la fe se llama “conversión de vida”.

En las Iglesias, esa transformación interior tiene como señal la celebración actualizada de la muerte y la resurrección de Jesús. En este año de 2012, esa celebración pascual acontece con la memoria de los 50 años de la inauguración del Concilio Vaticano II, que significó una nueva primavera pascual para las Iglesias y también para el mundo.

El Concilio confirmó que Jesús realiza en nosotros y nosotras ese paso de la Pascua haciendo de nuestro vivir, un convivir, o vivir en función de las demás personas. Eso vale tanto para quien sigue a Cristo, como para quien sigue otra tradición espiritual o hasta para quien no tiene ninguna pertenencia religiosa. Es un proceso de maduración interior y humanización que hace de nuestra Pascua un paso transformador de vida, un proceso permanente.

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