Dos vidas entregadas a los excluidos

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Este año se cumplen cien años del nacimiento de dos figuras clave en el compromiso, desde la Iglesia, por los empobrecidos del mundo: la Madre Teresa de Calcuta y el obispo Helder Câmara. Dos personas que entregaron su vida a los demás de maneras muy distintas pero con el mismo Evangelio en su transfondo. Ambos son, hoy en día, ejemplo para muchas personas e incentivo para el compromiso. Desde alandar queremos rendirles homenaje, sin contraponerles sino yuxtaponiéndoles y resaltando su opción por los pobres, sus vidas entregadas.

Para ello hemos recogido fragmentos de dos textos escritos con motivo de estos centenarios. Uno de la mano de Koldo Aldai, impulsor del Foro de Estella y colaborador habitual de alandar y buen conocedor de las obras de las Misioneras de la Caridad en Calcuta. El otro, escrito por el gran teólogo Jon Sobrino, que nos trae a la figura de Dom Helder Câmara para recordar que su lucha aún sigue vigente, que todavía es no sólo necesario, sino urgente, volver a la Iglesia de los pobres.

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Cien años de ternura

Koldo Aldai

Nos recogemos unos momentos en la tumba de Madre Teresa. Junto a ese mármol liso, sencillo, austero, pedimos por esas mujeres, para que Dios las llene de fuerza y, si aún les cabe, de más amor, para proseguir su valiente y extraordinaria misión. ¡Que quienes todo lo dan, sigan siendo inundadas de fe y de coraje, que puedan seguir siendo exponente de compasión infinita!

Merecía la pena todo el precio de sinsabores y ruidos para llegar hasta poner la frente en ese mármol frío. Un excepcional amor, que después revestiría humilde shari blanco, tomó cuerpo hace cien años. ¡Que podamos aprender la lección de caminar nosotros también sobre la tierra sufriente, con los pies descalzos, con sus plantas negras, si es preciso.

Vino hace 100 años al mundo quien inspiró tanto y tan comprometido silencio, quien hizo remangarse a tantas mujeres (también hombres) de todo el mundo para tan suprema labor, quien inició esos cantos en medio del más atronador ruido, quien creó la orden y mojó las primeras frentes, quien cargó sobre sus hombros los primeros desvalidos.

Hay ejemplos excelsos que es preciso aventar. No he visto galones comparables a las tres rayas azules sobre el blanco, al crucifijo en el hombro que ellas llevan, con ejemplarizante humildad. Poco nos importa el itinerario de la Madre Teresa a los altares de brillante oro, tiene ya encendidas todas las velas en altares de más adentro. Poco nos interesan las polémicas sobre su ideología “conservadora” en ciertos aspectos, la caricia no tiene color, ni ideología, y ellas las prodigan a cada enfermo, necesitado y desvalido.

Las hermanas sugieren no escribir sobre ellas, no dar propaganda a su labor abnegada, pero es que ahora hace cien años que tanto amor tomó carne. ¿Para qué la palabra, sino para dar a conocer heroísmos diarios, sino para revelar esta apasionante historia que dio comienzo hace ahora cien agostos? ¿Cuándo, si no es ahora? A los cien años de su primer aliento en Skopje (Macedonia) es necesario hacer, siquiera, una fugaz mención de la santa de Calcuta que nunca muere, cien años de ternura.

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La urgencia de volver a la iglesia de los pobres

Jon Sobrino

El 16 de noviembre de 1965, pocos días antes de la clausura del Concilio, cerca de cuarenta padres conciliares celebraron una eucaristía en las catacumbas de santa Domitila. Pidieron “ser fieles al espíritu de Jesús” y, al terminar la celebración, firmaron lo que llamaron “el pacto de las catacumbas”. Uno de los propulsores del pacto fue Dom Helder Câmara. Este año celebramos el centenario de su nacimiento, el 7 de febrero de 1909 en Fortaleza, Ceará, en el Nordeste de Brasil. […]

Dom Hélder Câmara era uno de los principales animadores del grupo profético. Hoy, nosotros, en la convulsa coyuntura actual, profesamos la vigencia de muchos sueños, sociales, políticos, eclesiales, a los que de ningún modo podemos renunciar. Seguimos rechazando el capitalismo neoliberal, el neoimperialismo del dinero y de las armas, una economía de mercado y de consumismo que sepulta en la pobreza y en el hambre a una gran mayoría de la Humanidad.

Como Iglesia queremos vivir, a la luz del Evangelio, la pasión obsesiva de Jesús, el Reino. Queremos ser Iglesia de la opción por los pobres, comunidad ecuménica y macroecuménica también. El Dios en quien creemos, el Abbá de Jesús, no puede ser de ningún modo causa de fundamentalismos, de exclusiones, de inclusiones absorbentes, de orgullo proselitista.

Ya basta con hacer de nuestro Dios el único Dios verdadero. “Mi Dios ¿me deja ver a Dios?”. Con todo respeto por la opinión del Papa Benedicto XVI, el diálogo interreligioso no sólo es posible, es necesario. Haremos de la corresponsabilidad eclesial la expresión legítima de una fe adulta.

Exigiremos, corrigiendo siglos de discriminación, la plena igualdad de la mujer en la vida y en los ministerios de la Iglesia. Estimularemos la libertad y el servicio reconocido de nuestros teólogos y teólogas. La Iglesia será una red de comunidades orantes, servidoras, proféticas, testigos de la Buena Nueva: una Buena Nueva de vida, de libertad, de comunión feliz. Una Buena Nueva de misericordia, de acogida, de perdón, de ternura, samaritana a la vera de todos los caminos de la Humanidad.

Seguiremos haciendo que se viva en la práctica eclesial la advertencia de Jesús: “No será así entre vosotros” (Mt 21, 26). Sea la autoridad servicio. El Vaticano dejará de ser Estado y el Papa no será más Jefe de Estado. La Curia habrá de ser profundamente reformada y las Iglesias locales cultivarán la inculturación del Evangelio y la ministerialidad compartida. La Iglesia se comprometerá, sin miedo, sin evasiones, en las grandes causas de la justicia y de la paz, de los derechos humanos y de la igualdad reconocida de todos los pueblos. Será profecía de anuncio, de denuncia, de consolación.

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