Transformación versus resurrección

La transformación personal es una acción totalmente renovadora por parte de Dios. Ilustración. La cuestión respecto a la que voy a hablar hace referencia a lo que popularmente se conoce -o la mayoría de la gente denomina- como “vida después de la muerte”. Teorías al respecto existen muchas y diversas, tantas casi como personas, pertenecientes la mayoría al mundo de la antropología, que se ha dedicado a investigar sobre el tema.

Cuando hablamos desde el cristianismo no nos referimos solo a algo más, accidental, por decirlo de alguna manera, sino a una realidad esencial por lo que a la fe de la persona creyente se refiere. Tanto es así que la resurrección es, precisamente, una de las verdades esenciales que integran el núcleo de dicha fe, pasando a formar uno de los dogmas más importantes de la misma: “Creo en la resurrección de los muertos”, proclamamos en el Credo.

Lo es también para mí, ¡solo faltaba! Y lo es no solamente porque la Iglesia me diga que es un dogma que debo aceptar a pie juntillas sino, principalmente y sobre todo, porque me fío de Jesús. Entre los diversos pasajes a los cuales podría aludir desde el Evangelio, me resulta contundente de manera especial el que describe el evangelista Juan (11, 1–44) y que se conoce como “la resurrección de Lázaro”. La verdad es que se trata de uno de esos pasajes verdaderamente apasionantes; la expectación de los judíos, las palabras de los apóstoles y los diálogos que mantiene Jesús con Marta y María, hermanas de Lázaro, no tienen desperdicio.

Cuando Jesús llegó a Betania le dijeron que Lázaro ya llevaba cuatro días muerto. Marta le dijo a Jesús: Señor, si hubieras estado aquí mi hermano no habría muerto; no obstante, yo sé que Dios te dará todo lo que pidas. A lo cual Jesús le respondió: Tu hermano resucitará. Es cierto, respondió Marta, ya sé que resucitará el último día. Jesús le dijo: Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre”.

No soy experto en Biblia y, por eso mismo, desconozco los matices que pueden presentar algunas o varias de las palabras que configuran dicho texto, si tenemos en cuenta los originales a partir de los cuales fue escrito. Sea como fuere e independientemente ya de matices gramaticales, mantengo la idea de que la palabra “resurrección” no es precisamente la más acertada y mucho menos la más pedagógica a la hora de hablar o referirnos a esta cuestión con la gente. Intentemos por un momento abstraernos un poco (quizá nos pueda ayudar el hecho de cerrar los ojos) y repitamos para nuestros adentros: “resucitar”. Queramos o no, resucitar conlleva esa especie de “volver a la vida”; pero no a cualquier tipo de vida, sino a la que todas y todos conocemos, con lo que el vivir conlleva de manera natural. De ahí la expresión que en varias ocasiones hemos oído: “¡Como nadie ha vuelto todavía!”. Efectivamente, no es para menos hablar de esta manera, si tenemos en cuenta que, en el fondo, da la impresión de que dijéramos: “De la nada ha vuelto al todo” por utilizar una expresión un tanto fuerte.

En cambio, hemos dejado bastante de lado fórmulas que creo muy acertadas en este sentido por parte de la misma Iglesia, concretamente en algunos pasajes de la liturgia. Me viene a la mente en estos momentos un pasaje del prefacio de la misa de difuntos que, si no recuerdo mal, dice más o menos así: “Porque la vida de los que en Ti creemos, Señor, no termina, se transforma”. Aquí, pues, aparece el concepto (transformación) que pienso que desharía muchos equívocos, ayudaría a superar absurdos difíciles de asumir -si nos atenemos al lenguaje vulgar- y añadiría un fundamento un poco más creíble a algo que transciende la mente humana, por mucha fe que se tenga.

Una sola cosa para acabar. Desde mi convicción de la salvación universal, por lo mismo de la “transformación universal”, cuando el prefacio habla de “los que en Ti creemos”, yo me niego a ver solamente a las personas cristianas o incluso creyentes de otras religiones. Porque la transformación no es mérito o efecto producido por la persona creyente, sino una acción totalmente renovadora por parte de un Dios que, como dice el libro de la Sabiduría (11, 23–12) antes de crear a alguien lo ha amado antes. Y, por tanto, este mismo Dios cree y apuesta a pie juntillas por todo hombre y mujer “creados” por Él, razón por la cual también los “transformará” al final de la vida.

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