En Teruel -que sí, que existe-, una asociación de personas comprometidas lucha por la paz y por la dignidad del Mundo Rural (lo escribimos así, con mayúsculas, como ellos, para compensar el olvido y la condescendencia con que normalmente tratamos a esa España vacía -o vaciada). Uno de sus impulsores, el sacerdote Antonio Martínez, nos cuenta cómo surgió y en qué andan enredados.

Es una alegría grande escribir algo para Alandar. Yo, que cuando era un poco más joven, recibía en el pueblo más lejano de nuestra querida y relegada provincia de Teruel la publicación en papel y la leía y disfrutaba con fruición, me siento halagado de participar junto a las tremendas firmas que llevan apareciendo hace 30 años.
Hace tiempo que quería escribir algo en el contexto del compromiso con el Mundo Rural turolense, aragonés y español, olvidado por las instituciones permanentemente y vinculado a las Jornadas de Arte Por La Paz que vamos celebrando.
Cuando el loco de Donald Trump le dio por bombardear unilateralmente Venezuela, nación libre y soberana, y secuestrar a su legítimo presidente republicano y a su esposa, mi indignación creció. El líder del imperio, saltándose a la torera las Naciones Unidas y el Derecho Internacional, había decidido que quería, a la fuerza, el petróleo de ese bello país. A su insaciable sed imperialista, que considera a América Latina la despensa de los USA, no le importa ni sus gentes, ni su historia, ni el derecho a la autodeterminación de los pueblos.
Así nació nuestra Asociación Sociocultural La Esperanza en Pie de Paz. Nace de la rabia, la indignación y la impotencia ante el genocidio palestino (entre otros genocidios más silenciados, como en la República Democrática del Congo), de la indignación por el bombardeo de Venezuela, de la injerencia y bloqueo permanentes sobre Cuba, del permanente olvido de nuestro mundo rural incendiado, olvidado, en permanente espera de soluciones duraderas.
Pero la asociación también surge con el objetivo de fomentar la cultura, una cultura de Paz que nace de los pueblos, de la gente, de la base y que es la raíz en la que nos enmarcamos cada persona: la que nos da identidad. Una cultura que está llamada a ser encuentro entre pueblos, entre personas, entre iguales. Una cultura que en el mundo rural sigue muy viva. Y eso nos da esperanza.

En ese contexto histórico del mes de abril del presente 2026 teníamos varios retos respecto a nuestro mundo rural turolense (entre otros), olvidado, vilipendiado, excluido y permanentemente relegado.
Se hicieron sonar las campanas de iglesias y ermitas de los pueblos, por la España Que Quieren Vaciar, en el séptimo aniversario de la revuelta del mundo rural. El objetivo era visibilizar la despoblación, el envejecimiento y la necesidad de mejoras de servicios en zonas rurales y que el 31 de marzo fuera declarado Día Internacional contra la Despoblación Rural.
El 5 de octubre del pasado año 2025 habíamos participado una delegación de la provincia de Teruel en la marcha Salvemos el Mundo Rural Agredido. Miles de personas venidas de muchos pueblos de la península ibérica, recorrimos las calles de Madrid. Más de 400 organizaciones, más de 500 colectivos y miles de firmantes y adherentes nos sumamos al manifiesto que leyeron el turolense Javier Sierra (Premio Planeta 2017), Rosa Valladares y Francisco Herranz. En el manifiesto expresábamos, entre otras cosas, lo siguiente:
“El mundo rural está siendo agredido por un sistema económico depredador de los recursos, impuesto por un modelo de desarrollo urbano, que busca solo la especulación monetaria, la inversión internacional y el despilfarro de recursos. Sin embargo, es un espacio de oportunidades para afrontar la honda crisis global en que nos situamos y un lugar privilegiado para reconstruir lo comunitario y generar alternativas que pongan en el centro el bien común y a las personas. Toda la sociedad debe ser consciente de que el mundo rural proporciona cuidado del territorio y del medio ambiente, alimentos de calidad, oxígeno, salud y paz. Por eso, reclamamos políticas efectivas para un modelo de desarrollo rural justo, equilibrado y sostenible, que no destruyan ni esquilmen los recursos de la tierra y respondan a las necesidades de la gente que habita en los territorios rurales, habilitando cauces de participación de la ciudadanía en su diseño y puesta en marcha.”
Y un sector importante de la Iglesia Católica, como una entidad social más, históricamente presente en el mundo rural desde sus militantes, sus creyentes, sus Parroquias y Diócesis, su Movimiento Rural Cristiano y Movimiento de Jóvenes Rurales Cristianos, estábamos allí, cantando a José Antonio Labordeta y Joaquín Carbonell, diciendo dónde y cómo queremos vivir y expresando esperanza, ternura, indignación y reclamos.
El día de San Isidro, el 15 de mayo de 2026, en la Campaña del Día del Mundo Rural expresamos que queremos un Mundo Rural (unos pueblos, sus territorios, sus gentes y sus paisajes) con un desarrollo integral, orgánico y solidario.

Y así llegamos al verano de 2026, donde nos han asolado incendios que podrían evitarse, si se siguiera desde las políticas públicas de nuestras administraciones, la consigna de los mayores: “los incendios se apagan en invierno”. Los incendios se previenen si se hace una apuesta clara, firme y decidida en inversiones, estructuras y personas que apoyen a la población que decidimos vivir en el mundo rural, aunque no seamos muy numerosos y no tengamos la capacidad por nuestros votos de decidir apenas nada.
Los incendios se previenen si se escucha la voz de las poblaciones locales que conocen sus montes, sus pinares y sus bosques. Esta población sabe cómo el ganado, bien llevado, ayuda a la conservación del medio ambiente. Si contrataran suficiente personal bien preparado para que se hiciera la limpieza de los bosques, encinares y pinares y se mantuvieran los necesarios cortafuegos que siempre hubo.
Los incendios se previenen cuando pasamos de una mirada antropocéntrica donde se considera a la tierra, exclusivamente, como fuente de beneficios y rentabilidad para el ser humano y pasamos a una mirada biocéntrica donde reconocemos que la Tierra, madre, hermana, tiene vida autónoma sin necesidad del ser humano, que hay que aprender a escucharla y a vivir en armonía con ella. Y que, sus ciclos son más fuertes que la voracidad humana de extraer recursos.
Mantenemos la esperanza en pie de paz y cada vez somos más los que apostamos por la Vida.

