Intentar vivir el Evangelio como seglar, como familia, como mujer (I)

Me presento: me llamo Merche. He pasado los cuarenta, soy madrileña y he trabajado como maestra durante siete años en la periferia de Madrid. Desde hace trece vivo en las afueras de Milán con mi marido Guido(italiano) y con nuestras hijas, Irene, de doce, y Rosy, una chocolatina de siete que vino de India hace 4 años.

Quisiera contaros algunas pistas de mi/nuestra búsqueda creyente, conscientes de que nada de lo que hemos aprendido es mérito nuestro. Nos lo ha enseñado mucha gente: la comunidad cristiana, algunos libros (uno bastante gordo y difícil…), algunas experiencias importantes, Jesús (el de Nazareth) y sus amigos… en fin, que todo ha sido un regalo. A nosotros non ha tocado descifrar, perseverar, querer entender lo que nos tocaba vivir, poner en juego nuestros talentos. Como dice Frère Roger, prior de la comunidad ecuménica de Taizé: «No te preocupes por vivir todo el Evangelio. Tú intenta vivir aquellas palabras que hayas comprendido». Pues eso, yo quisiera contaros las palabras que en estos cuarentay cinco años de vida he podido comprender del Evangelio.

PRIMER CAPITULO: LUCHA Y CONTEMPLACIÓN
Pues era joven yo (18 años), buscadora incansable, hiperactiva, scout, soñadora de revoluciones, enamorada de heroes noviolentos, acostumbrada a correr, hacer, decidir, organizar,… y un día me subí a un autocar que tenía como meta Taizé, etapa obligada para buscadores de Dios. Poco imaginaba yo que la palabra que iba a aprender era contemplación. A los que nos queremos comer el mundo a fuerza de campañas, acciones, marchas, protestas, proyectos… nos cuesta mucho rezar, y más en ese modo que te pide que te calles para que Otro tome la Palabra, que te descalces, que te dejes hacer, que no cuentes sólo con tus fuerzas… La oración ha sido mi primera cura de humildad.

El binomio Lucha y Contemplación, Ora et Labora, me fascinaron desde el principio, me parecieron una receta utilisima para la salud mental y religiosa, y han encontrado un espacio en mi vida, en mi psicología. He aprendido a llevar la oración a los momentos importantes de mi historia, a nuestros compromisos y acciones, a nuestra familia. Y he aprendido a llevar la vida y la historia a la oración, en forma de alabanza, de compasión, de perdón.

San Alfonso de Ligorio decía que sus hermanos tenían que vivir seis meses al año como misioneros y seis como contemplativos. Reconozco una gran intuición detrás de este consejo. Yo, sin embargo, sé que no duraría más de una semana en contemplación, y en cambio me considero un tipo de contemplativa en la acción. Durante estos años la oración ha pulido algunas zonas de mi interior y siento Su presencia durante mis días. La siento como el protagonista del Violinista en el Tejado, que hablaba con Dios en voz alta mientras caminaba junto a sus bueyes. Yo no hablo en voz alta (me da vergüenza, sobre todo en el metro), en todo caso canto, pero siento que El está ahí cerquita, dentro de mí. Yo no quiero elegir entre Marta o Maria. Sé que ambas reflejan mi modo de creer y las quiero para mí.

En casa tenemos un rincón con un icono, la biblia y un par de velas, encima de una esterilla. No rezamos todos los días ni todas las semanas. A veces rezamos solos, cada uno por su cuenta, a veces en pareja, a veces toda la familia junta. Y aunque no somos muy constantes hemos decidido dejarlo siempre “puesto” para que sea ese rincón el que nos llame, el que nos invite a pararnos de vez en cuando, en medio de nuestras mil ocupaciones. Dios vive en nuestra casa y tiene su espacio silencioso. Eso nos ayuda también a reconocerle al centro de nuestra familia. Si venìs a casa un día nos encantará rezar con vosotros.

Ah, aun una cosa sobre la oración. Antes de leer un texto de A. Torres Queiruga mi forma más frecuente de rezar era la intercesión. Como dice Andrés, parecía como si quisiera sacar lo mejor de Dios para remediar los sufrimientos del mundo. Después de leerlo (Creer de otra manera. Ed. Sal Terrae) he comprendido una cosa. Que es Dios quien hace todo lo posible para sacar lo mejor de mí, de nosotros, para salvar el mundo y no al revés. Fruto de esta nueva visión de Dios mi oración se ha transformado. Ahora casi sólo consigo decir: “gracias” y “aquí estoy, por si sirvo”. Ya sé que es poco, pero nace en mi corazón.

LA PROPUESTA EDUCATIVA: Imagino que en vuestros programas tenéis variadas propuestas para introducir a la oración. Me pregunto si en la parroquia existe una cripta, o una sala acogedora (reciclando las moquetas de alguna feria) donde poder rezar con los chavales y/o con las familias de vez en cuando. En mi parroquia ha sido una conquista que nos ha ayudado mucho a crear un momento de intimidad y silencio para la comunidad cristiana. Otro consejo: organizad un viaje a Taizé en algún verano, caben también las familias, o a un encuentro europeo de fin de año con los jóvenes. Los frutos no tardarán en llegar. A veces un viaje vale más que mil catequesis. www.taize.fr <>

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