De la enfermedad

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Foto. Spiritual InspirationAntes de nada, un par de comentarios con los que ponernos en contexto para hablar de enfermedad y dolor desde un punto de vista de la fe. Por un lado, la oportunidad (el aprendizaje) que supone (siempre hay algo que leer de las dolencias que nos suceden) de crecimiento. Un golpe que puede hacernos replantearnos asuntos que en circunstancias normales pasan desapercibidos -tomados como algo natural- y que en momentos de debilidad tenemos en cuenta para ayudar en el fortalecimiento. Por otro, no hacer jamás loa del sufrimiento. Ni el dolor ni la enfermedad nos hacen mejores ni nos revisten de un halo especial. No son fruto de bendiciones que nos hagan santos, como tampoco consecuencia de una maldición que nos haya caído encima.

¿La fe? La fe invitaría a caminar erguidos, con confianza, tratando de abordar el período de debilidad con fortaleza y poniendo los medios necesarios para que lo que está averiado se arregle cuanto antes, a poder ser, además, sin infligir más sufrimiento del que de por sí conlleve el soportar esa dolencia. Más bien al contrario, que en esa etapa ni castiguemos ni se nos castigue con más daño. Que el pasaje a la curación (en el caso de dolencias que se curan tras el tratamiento) lo aderecemos con espíritu positivo y buenas energías. Dios/a está ahí y en él/ella, madre/padre, confiamos, no en que nos cure (que ni está en su mano ni es a lo que dedica, dicho sea de paso para quienes aún puedan creerlo) sino a que nos ayude a ser fuertes. Que saber que nos quiere sea un estímulo (uno más) para no desfallecer. “Vigilad, permaneced en la fe, sed fuertes. Haced todas vuestras cosas en amor” (Cor 16).

Aprendizaje

En la enfermedad hay una parte de aprendizaje de algo que va mal, a la manera de aviso de que el cuerpo, la mente y el espíritu (sean los tres sea uno de ellos) están sufriendo (han sufrido) algún tipo de anomalía que se ha de solucionar. Ese “algo” que no funciona, que marcha mal, que sufre una avería, sale a luz precisamente a través de la dolencia, con un desarrollo en el que a menudo lo físico, lo psíquico, lo espiritual y lo emocional están algo así como ligados. Aprender a leer lo que el cuerpo nos dice sería algo importante. La oportunidad de aprender de la enfermedad, de lo que quiere transmitirnos sobre lo que nos ha sucedido o nos sucede, poner los medios adecuados para curarlo (al menos paliarlo), trabajar en el conocimiento del cuerpo (en su totalidad) y del tipo de vida que llevamos, para acometer una reforma en todos los aspectos. Esto, además, redundaría en una mejora. Las enfermedades suceden, unas veces las causas pueden detectarse con facilidad, otras veces es más difuso. Lo que siempre puede hacerse es aprovechar para realizar una revisión de vida y afanarse en un perfeccionamiento de la calidad de la misma (en su globalidad). Incluso un cambio radical en algunas ocasiones sería lo certero. Un período, quizá, de regeneración y renacimiento.

En muchos casos, además, la fe puede suponer un empuje (otro más) para el colosal trabajo que ello implica.

No elogio del sufrimiento

Ni el dolor ni la enfermedad tienen nada de místico. No hay por qué realizar ningún elogio espiritual del sufrimiento. De hecho, si repasamos la Biblia, lo que habitualmente suelen llamarse milagros no serían sino actitudes de disponibilidad para la curación, de sanación del sufrimiento (del malestar, del padecimiento, de las injusticias), que seguramente a lo que inciten sea a ello, a hacer lo posible para sanar los males y evitar lo que genera sufrimiento, enfermedad. Para quitar cruces, en una palabra. “Se acercó, le vendó las heridas, derramando en ellas aceite y vino. Lo montó en su cabalgadura, lo llevó al mesón y cuidó de él” (Lc 10, 30).

Frente a esto, lo que se ha publicitado desde el cristianismo tradicional es, precisamente, todo lo contrario: la loa del sufrimiento, de la enfermedad, llegando incluso a ver en ello santidad unas veces, castigo otras (que se transformará en santidad si uno se aplica y se arrepiente de todo esos pecados que, siempre sí, ha cometido). Una señal, para ser más exactos, que enviara Dios. ¿No sería esto profundamente antievangélico? “El que de vosotros no tenga pecado, tírele la primera piedra… ¿Mujer, ¿dónde están?, ¿ninguno te condenó?” (Jn 8).

La fe nos arma de confianza, de esperanza. Puede ser otra ayuda más para sembrar positividad, pero lo místico es otro cantar. La enfermedad ni nos hace mejores ni nos hace peores, nos empuja a tomar medidas. En todo caso, jamás ha de vérsela como una prueba que llega de manos de una divinidad y a lo que hay que dar gracias. No, no tiene nada de divino (ni de diabólico). No es una maldición que nos manden los dioses ni es una experiencia que nos salve. Ni el sufrimiento ni la enfermedad redimen.

La enfermedad puede suponer un crecimiento, un empuje en la madurez (esa madurez que nunca se completa del todo, que siempre está ahí para irse completando sea cual sea la edad), un signo de que se ha de arreglar algo que no funciona. De una revisión completa del mecanismo (cuerpo, corazón y mente) para que recupere la armonía perdida.

Afectos

En las dificultades tenemos que sacar nuestro mejor yo (que convendría tuviéramos abierto siempre) y crecernos. Aceptar -que no resignarse- y hacer lo que haya que hacer.
De lo que se ha de huir es de la resignación y del regodeo. Regodearse nunca. Ni deleite ni conformismo.

Lo que sí puede hacerse cuando el cuerpo nos juega una mala pasada es llamar a las buenas energías, recolocar lo que está mal situado y convencernos de que, efectivamente, habrá un reordenamiento de lo que esté lesionado, bien que sea duro, doloroso a ratos y cueste un gran esfuerzo. Toda esa vía, además, con el amor como condimento esencial (¿hay algo más cristiano?), como un revestimiento que esté en todos los lados (la familia, los amigos, el personal sanitario…). “El amor no ofende, no se irrita, no se alegra de la injusticia… Ahora permanecen estas tres virtudes, la fe, la esperanza y el amor, pero la más excelente de ellas es el amor” (Cor 13). Amor a uno mismo, cuidarse, quererse, mimarse. Amor y cuidado de los otros, a los otros. Que la ternura todo lo envuelva. Que los afectos lo recubran todo. “Buscad el amor” (Cor 14).

Disfrutar

Esto no es un valle de lágrimas y hay que disfrutar. De los momentos, de cada minuto, de cada día. Suena muy, muy manido. Es cierto. Pero es verdad que en los momentos de debilidad, de enfermedad, a menudo uno es más consciente de aquello cuya teoría conocemos pero raramente aplicamos. “Estad siempre alegres” (Filipenses 4). Una puesta de sol, un buen libro, una caña (tal vez un zumo) con aquellos que nos quieren, la llamada de quien está lejos, el abrazo de un amigo, una tarde de paseo por el parque, un partido del equipo de baloncesto predilecto (aunque tengamos que verlo en televisión), una película de esas que nos hacen reír y nos cambian el día, una mirada, una buena conversación, una reunión con gente agradable, el canto de un ave mientras leemos los periódicos, un rato recostados en el sillón reponiendo fuerzas… “Ya vengo a mi jardín… a recoger mi bálsamo y mi mirra, a comer de mi miel y mi panal, a beber de mi leche y de mi vino. Compañeros, comed y bebed, embriagaos de amores” (Cantar de los Cantares 5). Después, depositar en la “basura” aquello en lo que antes nos dejábamos el alma y no era para tanto, que no. “No llores… Joven, levántate” (Lc 7, 11).

Estos momentos de achaques son estupendos para recuperar lo que habitualmente se ha dado en llamar “Carpe diem” y es una delicia ser de repente más consciente de esos placeres que en la vorágine del modo de vida actual y de la sociedad (neoliberal, gris, competitiva, injusta, esclavizante) en la que estamos sumergidos dejamos de lado, desdeñamos. De lo que sí podemos deshacernos es de poner el grito en el cielo por bobadas, naderías de esas en las que a menudo nos volcamos alienados y que nos impiden regocijarnos, gozar de los destellos de luz que la vida nos regala. No solo deleitarse, sino también luchar para poder seguir maravillándonos de los resplandores que nos rodean. Con alegría, con coraje, con decisión. “¿Acaso se trae una lámpara para ponerla debajo del celemín o de la cama? ¿No es para colocarla en el candelabro?” (Mc 4, 21).

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