“Las personas que saben equilibrar razón y emoción son quienes mejor viven”

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Foto: Iban Aginaga.Javier Tirapu Ustarroz, neuropsicólogo clínico en el servicio de rehabilitación neurológica del Complejo Hospitalario Público de Navarra, ha merecido el premio nacional de Neurociencia Clínica. Sus estudios se han centrado preferentemente en aspectos como la inteligencia, la conciencia, las emociones y el cerebro social. Entre sus libros destaca Para qué sirve el cerebro (Desclée, 2008).

¿Qué es, materialmente, el cerebro humano?

Una masa del tamaño de un coco, con forma de una nuez, del color del hígado recién cocido, la textura de un paté y una células, algo especiales, que se llaman neuronas. Una materia gelatinosa, que pesa aproximadamente un kilo y cuatrocientos gramos y que hace unos 200.000 años llegó a pesar un kilo y medio, pero cuando el ser humano se hizo sedentario el cerebro se empequeñeció un poco. Una pregunta, irónica, que me atrevería a hacer es si ahora, con los ordenadores y la creciente domesticación humana, el tamaño del cerebro no seguirá menguando. El cerebro sigue siendo un problema, pero ya no es un misterio para la ciencia.

¿Cerebro y mente son la misma cosa?

Sí, lo son. Nuestro equipo clínico lleva muchos años estudiando a pacientes y atendiendo a procesos que se dan en el funcionamiento del cerebro, tales como el lenguaje, la atención, la memoria, el control de los movimientos, o la percepción sensorial. Se ha acabado con una idea cartesiana y mentalista del ser humano, como si el cerebro y la mente fueran diferentes. Se pensaba, por un lado, en el cerebro como algo material y, por otro, en la mente como algo inmaterial. Dos cuestiones nos preocupaban: si la mente podía existir fuera del cerebro y qué es lo que nos hace humanos. Ahora a mí me preocupa una tercera cuestión: qué es lo que hace tan inhumano al ser humano. Pero la cuestión central es que nos hemos pasado toda la historia definiendo conceptos: la inteligencia, la autoconciencia, la identidad única e irrepetible de cada persona. Para intentar saber qué es algo no hay que intentar definirlo, es mejor diseccionarlo y conocer sus componentes y comportamiento, saber lo que hay en su interior.

¿Qué es eso del cerebro social?

Una manera más sencilla y directa de hablar sobre lo que otros llaman la “cognición social” Responde a la cuestión de cómo trabaja nuestro cerebro para procesar información acerca de otros seres humanos. Y concluye que el ser humano es un ser social por naturaleza y que la estructura de su cerebro no ha cambiado desde hace 50.000 años. Desde aquel tiempo vivía en grupos, porque siempre ha necesitado del grupo para ser más eficaz y sobrevivir. Según Darwin el principal objetivo del cerebro es gestionar nuestra vida, es decir, garantizar la supervivencia y la calidad de esa supervivencia. No podemos vivir en soledad. Y está demostrado que las personas solitarias tienen más depresiones y problemas del sistema inmunitario, mayor predisposición a la demencia y hasta les cuesta más curar y cicatrizar cualquier herida en su cuerpo. Es curiosa una coincidencia: en nuestro tiempo cualquier persona tiene relación estable y cierta confianza con un máximo de 150 personas; ese número de 150 era también el máximo para una comunidad prehistórica que, a partir de esa cifra, se fragmentaba creando otro nuevo grupo de convivencia; y también, según un estudio reciente, son grupos de 150 los que mantienen relación estable en Facebook.

¿Cuál es el origen de nuestro cerebro social?

Pues algo que no parece muy noble ni elevado. La competencia, dentro del grupo, por el alimento y por el sexo. Pero ya en el paleolítico los hombres se iban a cazar a bastante distancia para abarcar mucho espacio, mientras que las mujeres se quedaban reunidas en las cuevas. Y las mujeres desarrollaron mejor el cerebro social; ellas tienen más empatía, más capacidad de ponerse en el lugar del otro que los varones. La vida social ha amplificado esas diferencias que vienen de fábrica. Parece, según algunos autores, que los humanos empezaron a usar su cerebro social cuando desarrollaron estrategias para engañar a otros de su misma especie. Engañar es algo adaptativo y, a veces, mentir parece cosa buena, según la intención, porque puede evitar males mayores tales como fuertes violencias. Solemos hablar de mentiras “piadosas”.

¿Qué parte del cerebro gestiona los sentimientos religiosos?

Parece ser que los sentimientos religiosos tienen que ver con la corteza cerebral, donde reside lo que nos hace humanos. Los chimpancés no creen en Dios. Lo que sabemos es que, culturalmente, el ser humano se ha dotado de varias necesidades, tales como cooperar y tener valores morales. Yo suelo decir que “estoy seguro de que Dios existe, sólo que, para algunos, Dios ha creado al hombre y, para otros, el hombre ha creado a Dios”. Pero existe, porque el hombre se ha dotado de un sistema de creencias. Sabemos, científicamente, que las epilepsias del lóbulo temporal derecho producen experiencias religiosas intensas, místicas. Hay algunas tesis que plantean que Teresa de Ávila y Juan de la Cruz era epilépticos del lóbulo temporal derecho. Hay experiencias tan interesantes como la meditación profunda, igual en el budismo que entre monjes y monjas católicos que llevan muchos años meditando, que consiguen que una parte del cerebro paralice la zona cerebral a la que llegan todas las señales del cuerpo y logran sentirse como vacíos, absolutamente en paz.

¿Qué pasa con nuestras emociones?

Un buen cerebro social sabe percibir bien las emociones de los demás mirando, por este orden, a sus ojos, su cara y su cuerpo, que trasmiten lo que el otro está sintiendo. Hay seis emociones básicas: alegría, tristeza, miedo, asco, ira y sorpresa. Se dan en todas las culturas del mundo y en todas ellas se da la misma expresión facial y corporal para expresarlas. Nuestras emociones no tienen la función de hacernos felices, sino la de garantizar nuestra supervivencia. Quienes saben equilibrar razón y emoción son las personas que mejor viven.

¿Qué tiene que ver eso con la vida y la solidaridad?

Bueno, yo he escrito que “el sentido de la vida es tener las necesidades satisfechas para poderse preocupar por el sentido de la vida”. A quien se esté muriendo de hambre ahora mismo en Etiopía no creo que le interesen mucho el sentido de la vida ni la cognición social. Ante todo, los humanos pretendemos dos cosas: buscar el placer y evitar el dolor. Aprendemos por los castigos y premios que recibimos. Si nos premian es más probable que hagamos algo y si nos castigan es menos probable que lo hagamos. Pero el cerebro humano tiene dos características propias: ninguna otra especie es capaz de traer el pasado al presente como lo hace nuestra memoria, ni de generar futuros anticipados; nuestro cerebro es un simulador virtual capaz de concebir y proyectar diferentes futuros para nuestra vida personal y comunitaria. Además nuestro cerebro es un simulador de lo que creemos que pasa en otras mentes y se puede preguntar qué sabrán determinadas personas acerca de un asunto, o qué opiniones o creencias tendrán, con lo que construimos prejuicios sobre ellas. Lo mejor del cerebro social es la empatía, ese deseo de que nuestros semejantes no sufran. Y quien tenga curiosidad y afán por aprender, al final, será inteligente.

¿Podemos tener alguna guía de aprendizaje?

Diré tres máximas, que me convencen. Un ser inteligente y sabio es quien piensa todo lo que dice y no dice todo lo que piensa. Si quieres conocer a los demás, conócete mejor a ti mismo y si quieres conocerte mejor a ti mismo, pon mayor empeño en conocer a los demás. Por fin, como escribió Balzac, “La soledad es maravillosa, pero es imprescindible tener cerca a alguien que te lo recuerde”.

El cerebro social

La Neurociencia ha avanzado tanto en las últimas décadas que hoy estamos en condiciones de afirmar que cerebro y mente son la misma cosa o que lo que hasta ahora hemos llamado trastornos o enfermedades mentales no son sino disfunciones del sistema cerebral. En el cerebro está la conciencia de lo que cada persona es. Cada vez más y mejor podemos comprender qué nos hace humanos y la relación de las conductas humanizadoras con el cerebro. Para la educación y para nuestro compromiso social y ciudadano tiene gran importancia conocer cómo estamos constituidos para gobernar nuestro conocimiento, nuestras emociones y nuestra relación con los demás.

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