Foto: Ricardo OrtizSiete u ocho horas más tarde de haber salido de Beira, la capital de la provincia de Sofala, en el norte de Mozambique, llego a Chupanga. Se trata de una pequeña población que ha crecido en los últimos años por culpa del río. Las crecidas del río Zambeze empujaron a las familias que vivían en las islas río arriba a instalarse en un lugar seguro. El nombre de Chupanga proviene de “chipanga”, es decir, fortaleza. Posiblemente se aludía a un puesto colonial portugués del siglo XVIII. Más tarde, se instaló una prisión de esclavos que eran llevados para ser vendidos camino de Oriente o de Angola. A partir de finales del XIX se sucedieron los misioneros: jesuitas, del Verbo Divino, franciscanos y los Sagrados Corazones hicieron de este lugar un gran centro educativo y de desarrollo. La guerra acabó con aquello hasta que, en 2006, los Sagrados Corazones volvieron para reconstruir la misión. Cuatro años después, Chupanga vuelve a estar viva.

Gran parte de la culpa de esa vida la tiene Germán Fresán, el único misionero español de los que viven en la comunidad de los Sagrados Corazones que atiende Chupanga. Este navarro lleva cuarenta años en África. Estuvo primero en la República Democrática del Congo durante 28 intensos años y después llegó a Mozambique para poner en pie esta misión que la guerra se había llevado por delante. Germán es el clásico misionero “todoterreno” que lo mismo celebra una misa, organiza la parroquia, construye casas o enseña a cultivar verduras. Esto último es lo que está haciendo con un grupo de hombres de Chupanga, a los que animó a crear una cooperativa agrícola. Lo que aprendió junto a su padre en aquella huerta de su infancia navarra lo ha puesto en práctica en una remota aldea de Mozambique.

El fantasma del hambre

Pero Germán también se encontró de la noche a la mañana con cerca de ocho mil refugiados en la puerta de su parroquia. Las aguas del Zambeze los habían obligado a salir de su tierra. Menos mal que, al menos, había agua potable gracias al pozo de la misión. Después llegaron algunas ONG y se salió de aquel trance.

Aunque para trance, los que trae la tozuda realidad mozambiqueña que me enseña Germán. Lo acompaño en un amanecer aún reciente y veo a un par de mujeres manos a la obra. Sobre el fuego de leña, en unas enormes ollas, se disponen a preparar una especie de papilla que la misión reparte entre los niños más pequeños. A algunos de ellos no les importa esperar, con su plato en la mano, las casi dos horas que se tarda en cocinar lo que aquí llaman “la papa”. Los pequeños, aunque no son huérfanos, ya heredaron un hambre de siglos y saben que hoy, al menos hoy, van a comer algo. Estas mujeres ofician cada mañana el rito que aleja el fantasma del hambre. Un espectro que siempre acecha en tantas y tantas tierras africanas. Y el interior de Mozambique no es una excepción.

Aquí se vive de una agricultura de subsistencia, siempre pendientes de los caprichos del tiempo que, últimamente, no tiene clemencia con las gentes de Chupanga. A Germán le llegan ayudas de España con las que puede quitarles el hambre a tantas criaturas. Cerca de quinientos niños acuden cada día a los terrenos de la parroquia, junto a las ruinas de la antigua misión. Por eso, en el colegio del pueblo se vieron obligados a cambiar el turno de los más pequeños. Estos, lógicamente, preferían comer antes que ir a clase con el estómago vacío. “Ver llorar de hambre a un niño es algo que se te queda clavado en el corazón”, confiesa Germán.

Desarrollo agrícola

El misionero ha animado a la creación de una cooperativa agrícola. Y está enseñando a un grupo de hombres las técnicas que aprendió junto a su padre en aquella huerta de su infancia navarra. Una decena de personas forman la actual cooperativa. El misionero, además de ayudarles con el gasóleo y con el sistema de riego, les enseña técnicas y conocimientos básicos para el cultivo de diferentes tipos de hortalizas. Delante de las matas de tomates y judías me comenta: “No puedes evangelizar si no pones de tu parte para que la gente se desarrolle”.

La cercanía del río Zambeze, a orillas de la misión, hace que muchos se dediquen a la pesca. Los mismos agricultores, durante los meses que no cultivan la huerta, también lo hacen. Visto esto, Germán les echa una mano y les facilita anzuelos, hilo y redes. Los trae desde Beira, en la costa, la ciudad más cercana, aunque está a casi un día de camino. Las aguas del Zambeze, además de en peligrosos hipopótamos y cocodrilos, son ricas en pesca. Afortunadamente, algo pueden coger los pescadores de Chupanga, embarcados en unas primitivas y pintorescas canoas.

Bastante cerca de su casa, Germán -que no para un momento- ha construido un gallinero en el que cría gallinas de mato, patos y pavos. De esta forma, también facilita que las familias de Chupanga puedan criar sus propios animales. Casi todos los días vienen personas del poblado para hacerse con varias aves gracias a la iniciativa de este misionero.

Apoyo internacional

Las ayudas que reciben los misioneros se aprovechan hasta el último céntimo. De eso no hay duda. En Chupanga, con el trabajo del grupo de albañiles creados por Germán, se han levantado decenas de casas para los ancianos y las familias que más necesitaban una vivienda digna.

Con aportaciones que llegan de aquí y de allá, se están levantando nuevas viviendas para quienes más lo necesitan, como es el caso de personas mayores que, al final de sus días, han encontrado un hogar sin lujos pero estable y seguro. Además, con las ayudas, los misioneros pueden enviar a más de 50 jóvenes de Chupanga a continuar sus estudios fuera del poblado.

Foto: Ricardo OrtizAtardecer en el trópico

Al filo de las cinco y media, la tarde se va diluyendo. Junto a la misión, el histórico cementerio, parece más antiguo que nunca. En su centro, la tumba de Mary Moffat, la esposa del misionero y explorador David Livingstone. Las enfermedades tropicales pudieron con ella mientras el mítico viajero recorría el bajo Zambeze. Afortunadamente, esos males endémicos no pueden con el coraje de Germán, que sigue asombrándose de lo mucho que aprende cada día de esta gente: “Me enseñan a vivir con poco, a compartir, a no ser egoísta”.

Le pregunto, en plan epitafio, cómo le gustaría que le recordasen: “Ah, bueno, simplemente que se acuerden de mí como alguien que les quiso… y que luego me tiren al río, con los cocodrilos”.

Anochece. Las últimas luces doran estas tierras de Mozambique. El Zambeze es ahora una paleta de colores para un crepúsculo. Sus aguas se llevan, río abajo, el sol que se derrama sobre su cauce. Mañana ya habrá tiempo para darle una nueva oportunidad a la vida. Las gentes de Chupanga se lo merecen.