Sobrevivir en la calle, luchar por la felicidad

nortesur3-2.jpgEn la República Democrática del Congo, hasta hace poco, los pueblos celebraban con cantos y danzas el nacimiento de gemelos, las mujeres que no tenían hijos se entristecían y hasta enfermaban porque no se concebía la vida de adulta sin ellos. Hoy, el censo oficial habla de cerca de 200.000 menores que viven abandonados en las calles, pero el cineasta Gilbert-Ndunga Nsangata, el director de la película Niños de Inkisi (El río de la felicidad), sabe que son más, cerca de medio millón. En el plazo de una generación, una parte del pueblo congoleño –los más pobres entre los pobres– ha pasado de desear con fervor los hijos a abandonarlos en las calles.

El último film de este realizador africano narra la historia de cinco muchachos: Blanchard, John, Chagui, Mambueni y Chance, que duermen en la calle Prince, la vía principal que atraviesa el pequeño pueblo de Inkisi. Esta localidad, a tan sólo a 180 kilómetros de la capital del Congo, Kinshasha, refleja una realidad que se repite a lo largo de todo el país, el abandono de niños y niñas a causa de la pobreza extrema. Los protagonistas de la película se llaman a sí mismos “Chegues”, un término que remite al Che Guevara y que alude directamente a su capacidad de resistencia y lucha por sobrevivir –además de a la globalización de ciertos iconos del siglo XX. Discriminados, acusados de ladrones, violentos y embrujados, deambulan por el pueblo día y noche.

Cambio de valores

Los protagonistas de la película personifican el caso de los miles de menores abandonados por sus familias, desesperados por la pobreza y desorientados por la pérdida de valores culturales provocados por la colonización. Una de las causas de este problema es que, pese a vivir en uno de los países con mayores riquezas naturales de nuestro planeta, “la gente cada vez es más pobre”, según Nsangata. “Aunque el fenómeno es mucho más amplio”, entre las causas de este cambio de valores el cineasta también incluye la “la manipulación de la tradición por parte de diversas iglesias con reciente asentamiento en el país”, que acusan de brujos a los niños y niñas que viven en las calles, con lo que se refuerza el rechazo que estos sufren.

En un encuentro celebrado en el contexto del Festival Internacional de Cine Documental del Sur, MiradasDoc, el cineasta congoleño profundizó especialmente en la pérdida de los valores culturales tradicionales a partir de la evangelización cristiana, asociada sobre todo a la colonización europea. A estas alturas, “los ritos culturales ya son parte del folklore, ahora ya somos ‘blancos’”. Para el cineasta, el continente ya no conserva sus rituales y tradiciones, “ésa es la tragedia de África: hemos cambiado”, sentencia. La pobreza extrema, la explotación laboral, la violencia y el VIH/Sida han hecho el resto.

Dolor y esperanza

La película de Nsangata, que ha sido premiada en diversos festivales internacionales durante el último año, tiene la capacidad de hablar de lo más inhumano sin dejar desesperanzada a la audiencia. En la sala de cine resuenan las frases de los protagonistas de la película, que se ocultan en oscuridad de la noche para protegerse: “vivir es trabajar”, “pasamos el día con hambre”, “no conozco el rostro de mi padre”, “si mi madre no hubiera muerto, yo no estaría en la calle”, “no sé si tengo un hermano”, “cuando sea grande, ayudaré a los adultos que estén mal, aunque me insulten”…

El documental acaba, pero el público sabe que esos jóvenes siguen luchando por su vida en un pueblo de África y se pregunta si pueden hacer algo para resolver esta situación.

Gilbert-Ndunga Nsangata (Brazaville, Congo, 1950) cuenta con más de veinte años de experiencia como cineasta en el medio televisivo en su país. Su trayectoria lo llevó de trabajar como diputado por los derechos de la sociedad civil, a esconderse en la selva con sus hijos durante más de diez meses durante el alzamiento armado, dejando detrás seres queridos y sufriendo al ver morir a cientos de personas a las que ni siquiera podían dar un entierro digno. Tras la experiencia de la selva, Nsangata vivió durante dos años de manera forzosa en un campo de refugiados. El destino le llevó a Barcelona, donde reside actualmente con estatus de refugiado político y ha podido retomar su actividad cinematográfica.

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