Nani Vall·llosera

Nani es médica de familia en el Centro de Atención Primaria (CAP) Bon Pastor (Barcelona), en el barrio del mismo nombre, uno de los que registran una renta familiar más baja. Máster de Medicina Tropical y Salud Internacional por la Universidad de Barcelona, ha trabajado en varios países del Sur. Conoce bien el CIE de Zona Franca y muchas historias de vida y sufrimiento de hombres que han sido privados de libertad en sus instalaciones. Forma parte del Foro Catalán de Atención Primaria -del que fue presidenta-, que aboga por la salud pública universal centrada en la atención primaria. Es conocida por ser una médica de familia y comunitaria siempre en primera fila, defendiendo y reivindicando la atención primaria, en plataformas como Marea Blanca o Rebelión Primaria. Acompaña grupos de pastoral universitaria y es miembro del equipo del centro de estudios Cristianisme i Justícia.

¿Cómo estás viviendo la pandemia?

La llegada de la pandemia por COVID19 me sorprendió trabajando como médica de familia en el Centro de Atención Primaria (CAP) Bon Pastor en las periferias de la ciudad de Barcelona. Digo que me sorprendió porque, como a casi todos, esta crisis sanitaria y social nos pilló desprevenidos y con las defensas bajas. Os podéis imaginar que para un sistema sanitario que ha sufrido unos recortes importantísimos a raíz de las condiciones impuestas por Europa en la crisis de 2008 y los gobiernos neoliberales que hemos tenido en la última década, afrontar una pandemia de esta envergadura desde la precariedad previa (más acentuada todavía en la atención primaria que en la hospitalaria), la falta de previsión y el desconocimiento de una enfermedad nueva, ha sido y está siendo una experiencia intensa, compleja y difícil.

Afrontar una pandemia de esta envergadura desde la precariedad previa (más acentuada en la atención primaria que en la hospitalaria), la falta de previsión y el desconocimiento de una enfermedad nueva, ha sido y está siendo una experiencia intensa, compleja y difícil.

En atención primaria es especialmente duro…

Si todo el sistema sanitario se ha visto sometido a unas tensiones terribles, lo que hemos vivido (y seguimos) en la atención primaria (AP) ha sido tremendamente estresante. Las primeras semanas de la pandemia las vivimos en una absoluta perplejidad. El diagnóstico de los primeros casos de COVID19 en los hospitales a finales de febrero marcó el inicio oficial de la pandemia pero hoy sabemos que en la AP llevábamos semanas atendiendo casos camuflados en los últimos coletazos de la temporada de gripe estacional. Este hecho hizo que fueran las profesionales de este ámbito, médicas, enfermeras y administrativas, quienes primero se contagiaran y que lo hicieran en un número elevado por la falta de medidas de protección en aquel momento.

Defendimos, no siempre con éxito, seguir en los barrios y en los pueblos, cerca de las personas, atendiendo comunitariamente y de forma contextualizada la pandemia y abiertos a la consulta por otros problemas de salud que la gente seguía teniendo.

Durante aquellas semanas de marzo tuvimos que luchar además contra la invisibilidad a la que nos relegaron las autoridades sanitarias y unos medios de comunicación interesados solamente en retratar la parte más dramática de la pandemia, que se estaba viviendo en los hospitales. Esa invisibilidad no sólo dificultaba nuestro trabajo porque no nos tenía en cuenta a la hora de diagnosticar (hasta el mes de mayo no pudimos hacer diagnósticos de certeza mediante PCR) planificar, decidir y coordinarnos con los otros niveles asistenciales, sino que daba a la ciudadanía un mensaje basado solamente en el 20% de la pandemia que se estaba atendiendo en los hospitales. Así que a nuestra labor de atender el 80% de los casos de COVID-19 y todos los demás problemas de salud que las personas seguían padeciendo en la comunidad, se añadió el trabajo de completar la fotografía de lo que estaba ocurriendo explicándolo a los medios de comunicación. Sin la fotografía global algunas personas pensaban que COVID-19 equivalía inexorablemente a ingreso, UCI o muerte. Estos meses el miedo también ha mermado la salud e incluso ha sido causa de muerte porque ha retrasado la consulta por problemas potencialmente reversibles. Así que ante los medios tuvimos que explicar la parte más común de la pandemia, también para que la ciudadanía aceptara comprendiendo por qué en los CAP se hacían diagnósticos clínicos sin tests y que en la mayoría de los casos hiciéramos un seguimiento exclusivamente telefónico, dejando la atención presencial para los casos en que la evolución no era adecuada.

A la dureza de la situación se añade la lucha por explicaros a la sociedad.

Fueron semanas de muchísimo trabajo, órdenes y protocolos rápidamente cambiantes a medida que se iban conociendo más cosas sobre la enfermedad, con situaciones tristes y dramáticas también en la comunidad, por la muerte de personas en sus domicilios cuando la atención en un dispositivo sanitario no podía ofrecer curación o mejor alivio del sufrimiento, por la separación de familiares al derivar al hospital pacientes que iban a vivir el ingreso, y tal vez la muerte, en soledad, y por el acompañamiento de los que perdían a sus seres queridos en circunstancias tan extrañas e inesperadas. Además seguíamos atendiendo a nuestros pacientes por todo lo demás, en el CAP, en los domicilios y ahora también en las residencias que volvieron a la atención sanitaria habitual a cargo del sistema sanitario público, intentando posponer lo que se podía y persuadiendo de la importancia de que los problemas graves recibieran la atención necesaria.

En marzo y abril trabajamos muchísimo, pero también sentimos la fuerza del trabajo en equipo y la autoorganización y el calor y el agradecimiento de las comunidades a las que atendemos.

Otro de los motivos para visibilizar y reivindicar nuestro trabajo aquellos meses fue la amenaza constante de cierre de los centros de salud, amenaza que se materializó en muchos casos, para concentrar profesionales de atención primaria en otros dispositivos o para reforzar los hospitales. El paradigma de esto fue el hospital IFEMA en Madrid, atendido por profesionales procedentes de centros de salud que se cerraron. Nosotras defendimos, no siempre con éxito, seguir en los barrios y en los pueblos, cerca de las personas, preservando la accesibilidad y longitudinalidad que son valores fundamentales de la atención primaria, atendiendo comunitariamente y de forma contextualizada la pandemia y abiertos a la consulta por otros problemas de salud que la gente seguía teniendo. Somos un país de soluciones de final de tubería, tenemos un sistema sanitario orientado exclusivamente a la enfermedad en lugar de a la prevención y promoción de la salud, preferimos los hospitales a los centros de salud, ponemos el foco en las UCI en lugar de ir aguas arriba a mejorar las condiciones que hacen que el virus se propague más y con mayor letalidad entre las personas empobrecidas.

¿Algún aspecto positivo?

En marzo y abril trabajamos muchísimo, pero también sentimos la fuerza del trabajo en equipo y la autoorganización y el calor y el agradecimiento de las comunidades a las que atendemos. En la atención primaria hemos dado la vuelta a nuestra manera de trabajar. Desgraciadamente hemos perdido presencialidad, comunicar con todo el cuerpo, tocar para expresar empatía y compasión, explorar como herramienta diagnóstica pero también terapéutica. Ahora hacemos un porcentaje altísimo de visitas por teléfono. Conocer a las personas que hay al otro lado de la línea, saber de sus circunstancias y dificultades porque en atención primaria atendemos a las personas por todos los problemas de salud a lo largo de la vida (longitudinalidad), ayuda a ganar eficacia en la comunicación, pero las consultas telefónicas, que obligan a concentrar toda la capacidad comunicativa en la palabra y la escucha, pueden llegar a ser extenuantes.

Durante aquellas semanas de marzo tuvimos que luchar además contra la invisibilidad a la que nos relegaron las autoridades sanitarias y unos medios de comunicación interesados solamente en retratar la parte más dramática de la pandemia, que se estaba viviendo en los hospitales

Hacia mediados de mayo parecía que la COVID19 daba un poco de tregua. Recuperamos cierta presencialidad y seguimiento de problemas crónicos y mantuvimos una atención separada para situaciones que supusieran una mínima sospecha de COVID19. También tuvimos que luchar para una implementación normalizada de las pruebas PCR para el diagnóstico de COVID19. Durante semanas los casos fueron muy poco frecuentes. Sin directrices claras empezamos a hacer los primeros estudios de contacto. Pero la situación volvía a complicarse, con una población que pagaba las consecuencias físicas y psicológicas de un confinamiento terrible, que no podía seguir posponiendo la consulta por ciertos problemas y malestares surgidos durante el confinamiento o pendientes de pruebas y atención por especialistas focales en unos hospitales que cancelaron toda su actividad programada durante meses. Además para muchas personas la llamada o la consulta presencial con la médica o la enfermera de referencia era la única puerta abierta de la administración pública para explicar todo tipo de problemas administrativos y sociales surgidos durante la suspensión de la actividad habitual.

¿La segunda ola, los rebrotes, nos pillaron más preparados?

En estas circunstancias, sin ningún refuerzo y cansadas por haber vivido en situación de emergencia durante meses, a principios de julio empezaron los primeros rebrotes. Cada caso diagnosticado, implica explicar la enfermedad, qué seguimiento se va hacer, la evolución habitual y los signos de alerta y cómo proceder si aparecen. Además hay que hacerle la baja laboral (en los rebrotes la población afectada fundamentalmente está en edad de trabajar). Hay que poner en cuarentena a todas las personas convivientes, persuadir de la importancia de cumplirla en personas que se encuentran perfectamente, en pleno verano y con planes de vacaciones, y hacerles la baja. Recoger los contactos estrechos que el caso positivo ha tenido en las 48 horas previas al inicio de los síntomas, hacerles la PCR y seguir con la cadena si el resultado es positivo. Hasta principios de agosto hemos hecho esta cantidad ingente de trabajo solas, sin saber si alguien se ocupaba de seguir y estudiar las cadenas de contactos, sin coordinación con rastreadores ni con salud pública. En este contexto los centros de salud han colapsado, las profesionales hemos sufrido angustia, tristeza y desesperanza, hemos tenido insomnio o soñado con listas interminables de pacientes a los que llamar o visitar presencialmente, y nos hemos sentido abandonadas por la administración. Y en este verano que tenía que servir para descansar y recuperarnos para la segunda ola de otoño, en los CAP volvemos a sufrir también la invisibilidad y la ignorancia porque lo que no sucede en los hospitales o bajo los focos de los medios de comunicación, simplemente no existe.

Las profesionales hemos sufrido angustia, tristeza y desesperanza, hemos tenido insomnio o soñado con listas interminables de pacientes a los que llamar o visitar presencialmente, y nos hemos sentido abandonadas por la Administración.

Si la primera ola era imprevisible, esta ola de rebrotes era de esperar. La breve tregua posterior a la primera no se aprovechó para reforzar estructuralmente la atención primaria y la red de salud pública que debían actuar de forma decisiva en este momento con un sistema de rastreo suficientemente dotado de personal, implantado en el territorio y dotado de una legitimidad basada en mensajes pedagógicos que tampoco se dieron. Los medios de comunicación públicos y privados se llenaron de ruido, privando a la población de mensajes claros de educación sanitaria sobre los diferentes aspectos de la enfermedad para corresponsabilizarla en las nuevas fases de la pandemia. Se prefirió hacer unas pocas contrataciones coyunturales de rastreadores a través de empresas privadas desconectadas del sistema sanitario público que ahora se han mostrado ineficaces e insuficientes.

¿Con qué apoyo espiritual has contado? 

Casualmente empezamos el confinamiento con un retiro de fin de semana en casa que teníamos planificado previamente. Aquellos dos días de sustracción de la vorágine informativa, de intentar conectar con el Dios que habita en nuestro corazón sirvieron para superar la perplejidad inicial y afrontar con ánimo y fuerza el pico de la pandemia. Los meses de confinamiento fueron una cuaresma prolongada en que las misas retransmitidas sirvieron para mantener encendida la llama de la eucaristía y el sentimiento comunitario de iglesia. También aprovechamos recursos de la red que guiaron nuestra oración durante aquella cuaresma interminable. Pero a veces cuando una está sometida a un estrés por encima de su capacidad de resistencia, cuando la energía se agota sólo en el trabajo, se abandonan también aquellas cosas que ayudan a mantener el sosiego y la tranquilidad del espíritu. Menos mal que no fallan el cariño y los cuidados de las personas que más nos quieren y la resistencia íntima en casa. Sin ellos, imposible resistir.

Relativizar la realidad propia y apartarse del foco de estrés permite recuperar primero el aliento y luego el ánimo, la ilusión y la alegría de poder ayudar a las personas a través de la práctica de la medicina de familia y comunitaria.

Hemos empezado las vacaciones también con unos días para recordar, rezar y recapitular lo vivido, ofreciéndolo a un Amor que siempre espera y ayuda a curar heridas. También hemos conocido los asentamientos donde miles de trabajadores migrantes viven en condiciones infrahumanas entre los plásticos de los invernaderos de Almería. Estos no-lugares, a espaldas de nuestros ojos y de los estándares oficiales de la Europa de los Derechos Humanos, son espacios de sufrimiento humano donde también se percibe la presencia de Dios.

Relativizar la realidad propia y apartarse del foco de estrés permite recuperar primero el aliento y luego el ánimo, la ilusión y la alegría de poder ayudar a las personas a través de la práctica de la medicina de familia y comunitaria.

¿Podemos hablar de lecciones aprendidas?

La irrupción del SARS-CoV-2 en nuestras vidas ha evidenciado realidades que tal vez pasaban antes desapercibidas por la aceleración de nuestras vidas y el ruido del hiperconsumo. Haríamos bien en extraer aprendizajes importantes que nos llevaran a un cambio de rumbo en muchos aspectos. La pandemia ha puesto de relieve nuestra vulnerabilidad e interdependencia esenciales contra las que sólo podemos ampararnos con la solidaridad y el amor expresados a través de las relaciones interpersonales, las redes comunitarias y la justicia social.

Probablemente la creciente desigualdad de nuestra sociedad sea también una explicación para los malísimos datos de la pandemia, en comparación con otras sociedades más equilibradas.

Durante el confinamiento quedaron claros cuáles eran los trabajos esenciales. Cuando todo lo demás paró, cuidadoras, cajeras de supermercado, transportistas, trabajadoras de la limpieza, sanitarias… sostuvieron la vida en empleos en muchos casos desempeñados por mujeres, habitualmente invisibilizados y mal pagados. Si queremos poner la vida en el centro del sistema socio-económico y cultural es necesario prestigiarlos y remunerarlos de acuerdo con su valor.

Como en muchas enfermedades, crónicas e infecto-contagiosas, los determinantes sociales son factores fundamentales de la COVID-19 porque los pobres tienen ocupaciones en que no es posible el teletrabajo, trabajan en condiciones de precariedad y falta de medidas y control para evitar el contagio y conviven en viviendas pequeñas en barrios muy densamente poblados donde el virus encuentra el mejor sustrato para el contagio y la propagación. Además, si la enfermedad se ceba en personas con enfermedades de base, fumadoras y obesas, es en los pobres en quién con más frecuencia se dan estas condiciones. La pobreza enferma y mata, pero sabemos que la desigualdad también lo hace. Probablemente la creciente desigualdad de nuestra sociedad sea también una explicación para los malísimos datos de la pandemia en nuestro país, en comparación con otras sociedades más equilibradas de nuestro entorno. Aunque es evidente que la desigualdad afecta al enfermar y al morir sobre todo de los más pobres, en una enfermedad altamente contagiosa como la COVID-19, el exceso de carga que soportan aquellos, termina afectando a toda la sociedad. 

Haríamos bien en extraer aprendizajes importantes que nos llevaran a un cambio de rumbo en muchos aspectos.

Así, para seguir dando respuesta a la pandemia y sus consecuencias se hace necesaria una inversión estructural en todo el sistema nacional de salud, pero sobre todo en la red de salud pública y en la atención primaria de salud y políticas dirigidas a disminuir las desigualdades y aumentar la redistribución de la riqueza.