“Una teología que no se ocupe de las personas empobrecidas no tiene razón de ser”

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pag24_personal2_web-3.jpgCoincido con Consuelo en España, en un Congreso sobre Espiritualidad laical organizado por la Institución Teresiana. Es profesora titular de la Facultad de Teología de la Universidad Javeriana, miembro del Comité Teológico de la Conferencia Episcopal Colombiana y colaboradora en varios periódicos y revistas de la Iglesia en Colombia. Participa con una ponencia y habla de una espiritualidad a la “altura de la época”. Lo que escucho me gusta y me provoca dialogar con ella sobre nuestra Iglesia y sobre América Latina, sobre su trabajo como mujer laica teóloga en un país como Colombia, donde la vida y la muerte conviven de forma natural, donde más del 46% de la personas vive en condiciones de pobreza y el 17% vive en la calle. Desde mis perspectiva pienso que estar a la “altura de la época” en una espiritualidad laical no ha de ser lo mismo en una sociedad de la sobreabundancia que en una situación como esta.

Consuelo, ¿cuál es la influencia del pueblo sufriente en una teóloga?

Sinceramente, creo que el dolor de nuestros pueblos, la falta de vida digna y plena de nuestros hermanos y hermanas es la que impulsa mi compromiso de fe y, por tanto, mi tarea teológica. Si comencé a seguir a Jesús fue por descubrirlo en los que sufren y querer responder a esa situación. Y esa ha sido y es la razón de ser de mi dedicación a la teología tanto en la sala de aula como en lo que reflexiono y escribo.

Desde Roma se ha puesto en entredicho en más de una ocasión a la teología de la liberación. ¿Es posible en una realidad como la de América Latina y, más en concreto, como la de Colombia, hacer un tipo de teología que no sea de liberación?

Una teología que no se ocupe de la suerte de los pobres y de buscar su vida digna y plena no tiene razón de ser. Por eso, si la teología no promueve la “liberación” deja de ser inspirada por el Evangelio, por la praxis de Jesús, por el Reino anunciado por Él. Ahora bien, el problema no es que la llamemos teología de la liberación porque esa inspiración hoy se desdobla en las diferentes teologías contextuales que le dan rostro, género, diversidad, pluralidad, etc., a tal liberación. Hoy hablamos de teología afroamericana, feminista, del pluralismo religioso, intercultural, ecoteológica, etc., todas ellas inspiradas en ese dinamismo de la liberación que brota del Evangelio.

¿Cree que la teología de la liberación le ha dado el espacio que le corresponde a la mujer?

Se podría decir que al inicio, como ha sido en la teología en general, sólo podemos hacer mención de los “padres” de la teología de la liberación, porque eran pocas las mujeres que estaban y tampoco había ningún interés o conciencia de la necesidad de promovernos. Y, aunque no se puede decir que en todos los teólogos de la liberación se ha dado ese compromiso por favorecer la presencia de la mujer, ni todos han asumido la perspectiva de la mujer en su reflexión teológica, sí se puede reconocer que se han abierto caminos y se ha valorado la producción de las teólogas. Pero creo que aún falta mucho más. A veces da la impresión de que las teólogas de la primera hora si están presentes pero no hay voluntad decidida de promover a teólogos y teólogas de las nuevas generaciones. Este sigue siendo un desafío de toda teología y de toda nuestra institución eclesial. No hay tantas teólogas pero tampoco hay una voluntad decidida de favorecerlo. Hay mucho trabajo por hacer en ese sentido.

¿Cómo se vive la universalidad de la Iglesia (que tiene la última palabra en Roma) desde una realidad como la latinoamericana?

Creo que en Latinoamérica hay de todo. Si se ve el grueso de las líneas de acción de la Iglesia, una diría que prima la línea marcada por el centro. Es decir, hay mucho deseo de afirmar la “ortodoxia”, de reforzar la vivencia tradicional del cristianismo para contrarrestar lo que se está llamando “relativismo”, “secularismo”, etc. Pero si se presta atención a esa voz del Espíritu que no cesa de empujar hacia el cambio y la conversión, se puede reconocer la identidad latinoamericana expresada en las conferencias episcopales latinoamericanas, que bien sabemos no se dan en otros continentes y que por lo menos en la última –la de Aparecida- reafirmó el “método latinoamericano” reconociendo el servicio que ha prestado para vivir la vocación y misión de la Iglesia, la manera como ha enriquecido y motivado el trabajo teológico y pastoral y el compromiso con las situaciones concretas de nuestro continente (Aparecida 19). Pero hay más, el trabajo teológico desde la perspectiva de la liberación sigue. De hecho, en Aparecida, un grupo de teólogos y teólogas estuvimos asesorando externamente esa conferencia. También este año se están haciendo encuentros teológicos por zonas como preparación para un congreso continental en el 2012, todo ello como señal de vitalidad de una reflexión que quiere partir de la realidad y responder a ella. Y, lo más importante, la vida de pequeñas comunidades laicas y de congregaciones religiosas que viven su fe inspiradas en lo más genuino del Evangelio –la praxis del reino de Jesús- y no decaen en su empeño aunque los vientos del neoconservadurismo sean fuertes.

El pueblo latinoamericano, el colombiano en concreto, es un pueblo religioso, pero, ¿cómo siente a la Iglesia institución, a la Iglesia de Roma?

Creo que el pueblo creyente vive su fe independiente de lo que diga Roma. Es una especie de “sabiduría popular” que va más allá de las directrices que se den o se dejen de dar. Lo que sí es cierto es que el trabajo pastoral que se realiza en las parroquias acerca o aleja a los fieles de la institución. Algunos “huyen” de sus parroquias y buscan otras que permitan un estilo de iglesia más participativo y, por supuesto, más cercano al Evangelio. Otros “huyen” y viven su fe a su manera. Y otros “sufrimos” porque reflexionamos sobre las dificultades en la configuración eclesial y no entendemos cómo se pueden favorecer posturas a veces tan cerradas, hasta tan en contra de la gente, pero trabajamos “de todas las maneras que podemos” para anunciar un Evangelio más ágil, más renovado, más capaz de entender este cambio de época y procurar que la institución eclesiástica de testimonio de una Iglesia comprometida con los más excluidos de la sociedad, una Iglesia menos centralista y más inclusiva, una Iglesia menos ritualista y más viva, una Iglesia más alegre, más inculturada, que sepa incorporar el sentir de nuestros pueblos latinoamericanos y responda a sus necesidades más urgentes.

pag24_personal_web-3.jpg*Consuelo Vélez Caro es profesora titular de la Facultad de Teología de la Universidad Javeriana, miembro del Comité Teológico de la Conferencia Episcopal Colombiana y colaboradora en varios periódicos y revistas de la iglesia en Colombia.

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