Por Irene López Alonso

Muchas personas mirando a la vez el horizonte: en una playa de Lesbos, una mañana del pasado  enero, voluntarios de las varias organizaciones presentes en la isla observaban una barca que, poco a poco, se iba acercando a tierra. Había también guardacostas griegos, que prestaban sus prismáticos amablemente, con los cuales, efectivamente, se distinguía un punto negro en medio del mar Egeo, con destellos fosforitos. Los destellos de los chalecos salvavidas, de color naranja, que llevaban puestos las personas refugiadas que viajaban en la barca. Seguramente ellos también miraban hacia la costa, donde los voluntarios los miraban y esperaban. Así, sin saberlo, se observaban unos a otros en la distancia: los voluntarios que esperaban en tierra y los refugiados que seguramente estaban pasando uno de los peores tragos de su vida, atravesando un mar desconocido en una embarcación precaria.

Todos los congregados en la playa esperaban y observaban, así que la escena recordaba a esas competiciones deportivas en las que los aficionados se convierten en espectadores que justamente esperan y observan, desde detrás de una valla, el paso de los coches de carreras o del Tour de Francia. A Joaquín, uno de los bomberos de PROEMAD, organización de voluntarios de Sevilla famosa por la detención de tres de sus compañeros, le pareció muy acertada la metáfora: “Efectivamente, esto parece un Dakar marítimo, una regata… tenemos que quedarnos aquí mirando como si fuera una competición y ceñirnos a las reglas”.

pag2-3_perspectiva1_refugiados_lesbos_voluntarios_web“Las reglas” son las normas que las organizaciones humanitarias que efectúan los rescates en Grecia deben respetar para que no se las meta en el calabozo acusadas de tráfico de personas, como ya tuvieron que experimentar los bomberos: “Nosotros no podemos acercarnos a su barca con nuestra lancha y cargar personas para llevarlas a la orilla. Tenemos que esperar a que lleguen por sus propios medios. Sólo podemos intervenir si el bote está naufragando pero, en condiciones normales, tenemos que esperar a que lleguen solos a la orilla para socorrerles”, continuó explicando este español que llevaba ya 15 días en la isla. En efecto, su exposición hacía pensar en  las normas despiadadas de un jurado deportivo. “Tienen que llegar por sus propios medios”, dirían los desalmados árbitros de la competición, explicando las reglas que deben respetar los participantes en la carrera para no ser descalificados. Como si no hubiera vidas en juego.

“A mí se me rompió el alma una vez que nos acercamos a una de las barcas y vimos que venía un bebé de pocos días… estaba todo morado por la hipotermia. Si hubiéramos podido cogerle en nuestra lancha, lo habríamos llevado corriendo a la orilla y habría recibido atención médica mucho antes…”, recordaba Joaquín. Al final ese bebé se salvó, pero no fue el caso de otra historia que me contó desgarrado, de una madre que bajó de la patera acunando a su bebé, acunándole nerviosamente, y sólo a la luz de los faros de los coches se dio cuenta de que estaba inerte. De que estaba acunando un cuerpo frío e inmóvil.

[quote_right]»Tenemos que esperar a que lleguen solos a la orilla para socorrerles»[/quote_right]

El pequeño fue una de las víctimas de ese Dakar marítimo en el que parece que no se puede pedir tiempo, sacar la tarjeta roja y gritarle a las instituciones europeas que dejen de legislar como si no se tratara de personas. Que dejen de convertir al Mediterráneo en el corredor de la muerte de Europa. Que dejen de tomárselo como un juego.

Aquella mañana de enero una barca había naufragado del lado turco. Se ve que, al otro lado de la frontera, “las reglas” de la Unión Europea impiden también salvar vidas.

A la hora de comer, en el puerto de Mytilene, los restaurantes anunciaban en sus pizarras “pescado fresco”. Los comensales parecían disfrutarlo con sumo agrado y la camarera que nos atendió, en uno de los chiringuitos frente al mar, enfatizó en inglés que el pescado era bien fresco. “Recién pescado. De esta misma mañana”. No se imaginaba la buena mujer que, tras presenciar cómo los buques de Frontex remolcaban una patera hasta el puerto para evitar más muertes (los días que ya ha habido un naufragio, las reglas se cambian y se vuelven un poco más laxas, vaya a ser que de golpe haya 200 ahogados y la presión social obligue a cambiarlas definitivamente), tras ver las imágenes de los cadáveres del otro lado del mar lo que menos queríamos era pescado fresco. Sin duda lo hubiéramos preferido congelado. Ultracongelado. De piscifactoría. Incluso transgénico. Pero no fresco, recién pescado en un mar que se había convertido de nuevo en cementerio.

Cementerio de cayucos

Hay otro cementerio en Lesbos: el de los pedazos de barcas que sobreviven a los naufragios. Según cuenta Pablo, coordinador de la ONG Remar en la isla, son los voluntarios de Greenpeace los encargados de mantener limpias las playas tras los desembarcos. Ellos deshinchan los plásticos negros de estas barquitas de juguete en las que tantas personas depositan su vida, apartan el motor y lo llevan todo a un polígono a las afueras del pueblo de Molyvos, donde los funcionarios griegos han tenido que instalar este particular desguace. El cementerio de cayucos, donde se apilan las piezas de las pateras de goma.

[quote_right]Las mafias, que controlan perfectamente la ley de la oferta y la demanda[/quote_right]

Sin embargo, a veces a los voluntarios de Greenpeace no les da tiempo a llegar y las barcas ya han desaparecido. Cuando se les pregunta por esto, los socorristas griegos no quieren ni oír hablar de reventa, pero Pablo nos cuenta que, misteriosamente, cada vez más vecinos del pueblo de Molyvos tienen su propia lancha motora en el porche de sus casitas bajas. Una lancha conseguida a precio de ganga. Y es que los dramas humanitarios también traen sus ventajas económicas.

Esto lo saben bien las mafias, que controlan perfectamente la ley de la oferta y la demanda: fijan sus precios según la estación del año, cobran la mitad a los niños y bastante más a quien osa llevar una silla de ruedas (ocupan demasiado espacio en unas barcas donde el centímetro cuadrado está muy cotizado), hacen rebaja por noche y por frío (o, dicho de otro modo, descuento por peligrosidad), abaratan el coste para incentivar a los refugiados a embarcarse en los días de temporal y, de esa forma, mientras los comerciantes de la isla de Lesbos no tienen apenas de qué vivir hasta que vuelve el buen tiempo y con él el turismo, las mafias consiguen hacer su agosto en pleno invierno. El invierno más rentable en la isla de Lesbos.

El Dakar marítimo, como cualquier competición deportiva, no sólo ofrece espectáculo, sino también ingresos. Nunca es temporada baja en las pateras.