3. Cosas viejas

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Puestos a sacudirnos lastre, en pos de una libertad de pensamiento inseparable de la comprensión y autoconstrucción, conviene empezar por lo más alto, por lo que nos han mandado considerar como intocable, “sagrado”: las sagradas escrituras. ¿Se puede compaginar la libertad de pensamiento y de juicio crítico con una revelación cerrada, una autoridad sin derecho de apelación? Claro que no.

Hay una parte –menor– del Antiguo Testamento que me puede ser útil. Otro cincuenta por ciento son historietas más o menos bellas literariamente (pero prefiero la Ilíada); y sobre el resto es mejor correr un tupido velo: esa sarta de crueldades, gentuza que nadie querría por vecinos, batallitas, aburrimiento burocrático o refranero hirsuto.

¿Qué hay en todo eso de “revelación de Dios”? Y, sobre todo, ¿de qué Dios?

A mi juicio, Dios no se revela en el Antiguo Testamento más de lo que lo hace en mi vida, en la amistad, en los inmigrantes, en los quásars, en la física cuántica o en el sexo.

Viniendo del judaísmo, teniendo un judío por referente, la Iglesia cristiana encontró normal beber de esas tradiciones religiosas (¿qué otras tenía?). Aprovechó para decir que en ellas ya se preanunciaba con pelos y señales la figura de Cristo (un argumento que no convenció ni a los propios judíos), aunque fuera a costa de retorcer las citas (y no solo la famosa “virgen” que da a luz un niño…). Y así quedó que ni pintiparado el reclamo de un “Mesías” que Israel no esperaba más de lo que nosotros esperamos a alguien que nos saque de esta crisis.

Pero los tiempos han pasado. El Antiguo Testamento se ha quedado verdaderamente anticuado. No es lo que hoy necesitamos. De modo que podemos prescindir tranquilamente de lo que allí se dice (y lo siento por Isaías y algún otro de los “profetas”). O, cuando menos, colocarlo en su justa y ajustada medida.

Dios es algo demasiado serio como para dejárselo a los judíos (por cierto, ¿se les sigue revelando Yavé hoy a través de la masacre de los palestinos?). Buscar a Dios hacia atrás es muy peligroso. En el siglo XXI no podéis servir a Dios y a Yavé.

NB. El viñetista sabe que lo que él dice y dibuja es también, en gran parte, cosa vieja.

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