Alternativas a una economía que mata

La ecología integral inspirada por el Papa Francisco con su Laudato Si’ y la teología ecofeminista son dos propuestas que convergen en su enfoque hacia la interconexión entre la humanidad, la naturaleza y lo divino, y en su búsqueda de justicia y equidad para todas las formas de vida en el planeta.

La sabiduría elemental de las paredes

La una nos insta a reconocer la interdependencia entre los seres humanos y el medio ambiente y aboga por un enfoque integral que aborde las raíces profundas de la crisis ecológica, promoviendo una conversión ecológica tanto a nivel personal como social. Por otro lado, la teología ecofeminista destaca la interconexión entre la opresión de las mujeres y la degradación del medio ambiente, desafía las estructuras de poder patriarcales y antropocéntricas que subyacen a ambas formas de opresión y aboga por una ética de cuidado y respeto hacia todas las formas de vida.

Ambas perspectivas comparten un enfoque crítico hacia las estructuras de poder que perpetúan la injusticia social y ambiental, así como un compromiso con la promoción de la justicia, la equidad y el cuidado de la creación. Juntas, la ecología integral y la teología ecofeminista ofrecen un marco ético y espiritual para abordar los desafíos ambientales y sociales de nuestro tiempo, promoviendo una relación armoniosa y sostenible entre la humanidad y el resto de la comunidad terrestre. Son una propuesta integral para poner, efectivamente, el cuidado en el centro de nuestras vidas, para reconocernos interdependientes y ecodependientes, parte de una creación orgánica y no mecánica, hijas e hijos del mismo Padre-Madre, hermanas y hermanos de todas las criaturas vivientes, como entona san Francisco de Asís en su inspirador Cántico de las criaturas.

Dado que carecemos de la capacidad de realizar la fotosíntesis, no tenemos más remedio que usar a otros seres vivos para conseguir la energía necesaria para vivir. Si fuésemos conscientes de esto, de que subsistimos consumiendo otras vidas, nos comportaríamos con respeto, problematizaríamos nuestros modos de vida y buscaríamos introducir cambios que redujeran al máximo la posibilidad de dañar a nuestras hermanas y hermanos, a nuestra Madre.

Qué distinta sería nuestra existencia si nos relacionáramos con la Tierra como con una hermana y una madre a la que honrar y respetar en lugar de un recurso que explotar; qué distinto nuestro mundo si fuéramos capaces de habitarlo con la actitud de la admiración, la veneración y la alabanza, y no con la del propietario de una hacienda destinada a producir el máximo beneficio económico a la mayor velocidad posible.

Porque sabemos cuál es la lógica dominante bajo el capitalismo: la permanente expansión del dominio del capital, la monetización de toda la vida, la mercantilización del mundo. El capitalismo no es simplemente un sistema de producción, es fundamentalmente un sistema de predación. Nancy Fraser habla de un capitalismo caníbal, de un orden social institucionalizado que devora las bases sociales y naturales de las que depende para transformarlas en beneficio económico. El capitalismo es un sistema intrínsecamente colonial que ha dependido y sigue dependiendo de un “exterior” (naturaleza, trabajo humano, creatividad, cuidados) del que extrae valor, sin querer asumir ningún coste y sin ofrecer ninguna contraprestación equivalente. El descarte (de personas, de culturas, de territorios) es la contrapartida de la externalización, operación diabólica sin la cual la contabilidad capitalista se mostraría tal como es: como un sistema en el cual unas y unos, que siempre deben ser menos, viven a costa de otras y otros, que deben ser más; y que, en demasiadas ocasiones, están de sobra. Lo que la economía oficial llama “externalidades” significa, en la práctica, que hemos organizado nuestra vida a expensas de otras y de otros, sobre quienes descargamos los costes de nuestro estilo de vida.

Habitamos un mundo de “comunidades de destino solapadas”, en el que no sólo las trayectorias de los países se entrelazan las unas con las otras, sino en el que las trayectorias de los propios individuos se entrecruzan de maneras cada vez menos evidentes, pero no por ello menos reales. Cómo calentar o enfriar nuestros hogares, qué prendas vestir, aprovechar o no las increíbles ofertas que las líneas aéreas low cost nos ofrecen para volar a cualquiera de los muchos cálidos paraísos insulares, de qué nos alimentarnos… un endemoniado efecto mariposa hace en la actualidad que hasta el menor de los actos que afrontamos a lo largo de un día cualquiera de nuestra vida esté cargado de consecuencias sobre la existencia de millones de personas. No se trata de sentar en el banquillo al individuo absolviendo al “sistema”; no se trata de desconocer las dimensiones estructurales de los problemas a los que nos enfrentamos. Pero es fundamental asumir que nada es posible sin una implicación real y efectiva del máximo de individuos en una dinámica de cambio de las pautas de consumo características de nuestro modelo de crecimiento.

¿Renunciar cuando podemos tener? ¿Privarse cuando podemos acumular? ¿Igualarse cuando podemos prevalecer? Esfuerzo, renuncia, autolimitación. Pues menudo panorama, ¿no? ¿Cómo sostener una misma y extender a otras personas una propuesta así?

Afrontamos un problema de conversión, de cambio profundo de nuestros corazones, de metánoia. Que en términos sociológicos exigirá desclasamiento (abandonar el horizonte de futuro burgués) y en términos económicos decrecimiento y justicia global. La prueba de esa conversión está en el seguimiento, en una transformación radical de nuestras prácticas económicas. Es muy fácil elaborar una checklist de la necronomía cotidiana y de sus alternativas. Que cada cual haga su propia lista. Pero que la haga. Y que intente cumplirla en un ejercicio de no colaboración con la injusticia. Y no solo en relación a hábitos de consumo: ¿cómo de central es lo reproductivo en nuestras vidas? ¿cuánto de nuestro tiempo lo dedicamos al cuidado de la vida y cuánto a su “descuidado”? Cuidemos todo lo que podamos, cambiemos nuestras prioridades.

Hay una felicidad profunda en la desconexión del capitalismo, un sistema que, frente a lo que proclama, no es una cornucopia productora de inagotable abundancia, sino una máquina diseñada para producir constantemente escasez, sin la que el engranaje de la acumulación y el crecimiento colapsarían. Superados los umbrales de la satisfacción de las necesidades esenciales, umbrales que la mayoría de quienes vivimos en el Norte global hace mucho que hemos dejado atrás, la vida en la suficiencia es gozosamente liberadora. Reconocer todo lo que nos sobra en lugar de vivir la angustia de lo que nos falta es la clave de la sobriedad feliz. Y lo mismo ocurre cuando nos descolonizamos y nos despatriarcalizamos, cuando nos despojamos del peso insoportable de la maleta invisible e invivible del privilegio blanco y masculino.

Es entonces cuando podemos experimentar la dicha de las aves del cielo y los lirios del campo. Es una promesa: “Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura” (Mt 6, 24-34). ¿Qué más podemos desear?

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