Jesús A. Núñez Vilalverde

Al igual que ocurrió cuando, en 2008, Barack Obama venció a John McCain, la victoria de Joe Biden en las elecciones estadounidenses del pasado 3 de noviembre ha vuelto a generar un considerable alivio internacional y ha disparado unas enormes expectativas a escala global.

Ilustración Pepe StudioJa

Sin descartar marrullerías de última hora por parte de un personaje como Donald Trump- que hasta el jefe del Estado Mayor haya tenido que reafirmar públicamente que los militares se deben a la Constitución, y no a un presidente, es una clara señal de su potencial desestabilizador-, el alivio es totalmente comprensible ante la enormidad de su nefasto balance, tanto interno como externo. Eso no oculta, en ningún caso, que en su derrota ha llegado a acumular más de 73 millones de votos (frente a los 62 que logró en 2016), como una clara señal de la inquietante polarización que hoy muestra Estados Unidos. De hecho, esa va a ser necesariamente- junto a la gestión de una pandemia sin freno, que ya ha costado 240.000 vidas, y la salida de una crisis económica que se ha llevado por delante los escasos logros del ahora derrotado- una de sus inmediatas y principales prioridades.

Nación indispensable

Más allá de la enorme dificultad para aprobar esas complejas asignaturas pendientes, lo que eso determina es que no cabe esperar que Biden vaya a poder centrar el grueso de su esfuerzo en el terreno de la política exterior. Lejos ya de la condición de sólido liderazgo que ejerció en los años que siguieron al colapso de la Unión Soviética, EE UU sigue siendo hoy “la nación indispensable”, sin la cual resulta prácticamente imposible resolver ninguno de los grandes problemas que definen el mundo globalizado de hoy; sea la proliferación de armas nucleares, la crisis climática o cualquier otro. No en vano sigue siendo aún la principal potencia militar, económica, científico-tecnológica, cultural y hasta energética, muy por encima de cualquier otro actor nacional, China incluida.

Eso no quiere decir, por supuesto, que sea invulnerable o que pueda imponer su dictado en todos los rincones del mundo. Pero, dada su indudable capacidad de influencia internacional, vislumbrar por dónde pueden ir los planes del próximo inquilino de la Casa Blanca resulta de suma importancia para los 7.800 millones de personas que habitamos este pequeño planeta. Y, en esa línea, lo primero que cabe entender es que antes de poder construir algo nuevo, lo que Biden y su equipo tendrán que hacer es reconstruir y recuperar el tiempo y el espacio perdido por su predecesor. Así, donde Trump apostó por un ultranacionalismo retrogrado, Biden tendrá que volver a explicar a su sociedad que la interdependencia actual niega de raíz cualquier deriva autárquica, creyendo que Washington puede hacer frente en solitario a los desafíos de este mundo globalizado. Asimismo, tendrá que volver a recuperar las relaciones, alianzas y complicidades que Trump ha ido destruyendo a su paso. En un listado apresurado ahí están los desplantes y desprecios a distintas organizaciones internacionales- desde la ONU a la OTAN y a la Unión Europea (UE)-, sus decisiones de abandonar marcos multilaterales- como la UNESCO, la UNRWA o la OMC- y su salida de acuerdos como el de París (cambio climático), Irán (nuclear), INF (fuerzas nucleares de alcance intermedio en Europa) y Cielos Abiertos (medidas de confianza para evitar crisis militares). Todo ello con el añadido de una especial querencia por verse rodeado de personajes ideológicamente tan preocupantes como Benjamin Netanyahu (bendiciendo cada uno de sus pasos para anular de raíz la existencia de un Estado palestino viable), Vladimir Putin (incluso contradiciendo los informes de sus propios servicios de inteligencia sobre la injerencia rusa en asuntos internos estadounidenses), Jair Bolsonaro (apostando por un socio latinoamericano alineado con los intereses de Washington en la zona), Viktor Orban, Recep Tayyip Erdogan, Rodrigo Duterte y tantos otros que no se distinguen precisamente por su defensa del Estado de derecho y el respeto de los derechos humanos.

Y en ese intento de recuperación Biden, que sostiene que quiere volver a guiarse por valores y que identifica a la UE como su principal socio, no puede contar con que será recibido con los brazos abiertos. En algunos casos se encontrará con que alguien habrá ocupado ya el espacio que Washington ha dejado vacío en este tiempo, con Rusia y, sobre todo, China en cabeza. En otros el nuevo equipo pronto chocará con una realidad en la que los condicionantes económicos y geopolíticos determinarán que apenas hay opción realista para modificar el rumbo actual. Así, no cabe esperar que la creciente tensión con China- el principal rival estratégico que hoy pugna con EE UU para ocupar el liderazgo mundial- vaya a amainar, sino que, en todo caso, solo cabe esperar que ambas capitales prefieran afanarse en la búsqueda de mecanismos de resolución pacífica de sus diferencias, en lugar de alimentar una espiral de tensiones que pueda conducir a escenarios más problemáticos. Lo mismo cabe decir en relación con el contencioso con Irán, dado que no cabe imaginar que la pretensión estadounidense de reiniciar un proceso de negociación con Teherán que incluya el programa misilístico iraní y su injerencia en asuntos de sus vecinos vaya a ser bienvenida. Tampoco sería realista imaginar que Washington vaya ahora a abandonar el apoyo a Tel Aviv, con los palestinos completamente abandonados (incluso por parte de los países árabes). Y queda por ver también cómo podrá Biden reconducir la agenda de control de armas nucleares, cuando está a punto de quedar sin efecto el Nuevo START firmado en su día con Rusia, sin que China muestre deseo alguno de implicarse en el esfuerzo.

Generar esperanza

En definitiva, queda por ver si lo que ni Obama, con su prematuro Nobel de la Paz, logró en su día- frenar el declive estadounidense y resolver los problemas mundiales- está alcance de un presidente que vuelve a generar esperanza… antes de que el trumpismo vuelva por sus fueros.

*Jesús A. Núñez Villaverde – Codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH)

Texto para Alandar, N. 375, diciembre de 2020