Rearme europeo: una huida hacia adelante que pone en riesgo la paz

Foto: Fundipau

La Unión Europea ha puesto en marcha el programa ReArm para incrementar de manera acelerada el gasto militar y reforzar su industria de armamento. El plan prevé movilizar hasta 800.000 millones de euros a través de la flexibilización de las reglas fiscales, la emisión de préstamos y el apoyo del Banco Europeo de Inversiones. El objetivo declarado es reforzar la autonomía estratégica de la UE en un contexto marcado por la guerra en Ucrania y el aumento de las tensiones internacionales.

Sin embargo, esta apuesta por el rearme se hace sin una identificación clara de amenazas ni un diagnóstico riguroso de las necesidades de seguridad. Las justificaciones utilizadas —como el «neoimperialismo de Putin» o la «deriva de Trump»— son demasiado genéricas y responden más a una narrativa reactiva que a un análisis sereno. El rearme europeo se está configurando así como una respuesta automática a la coyuntura geopolítica, sin debate público ni reflexión estratégica. Hay que recordar, además, que la presión por incrementar el gasto militar al 2% del PIB por parte de la OTAN es anterior al año 2022.

Este proceso se lleva a cabo de espaldas a la ciudadanía. Se toman decisiones en espacios cerrados, con escasa transparencia, sin consulta pública ni participación de los sectores sociales más implicados. Particularmente grave es la exclusión de la juventud, que será quien deberá afrontar las consecuencias de un mundo más armado y menos resiliente. Los recursos destinados al rearme son recursos que se dejan de invertir en salud, educación, vivienda, transición ecológica y derechos sociales.

Esta tendencia también refuerza el poder de la industria armamentista en la definición de las prioridades políticas. Las cinco empresas con más ventas del mundo en este sector son norteamericanas, pero Europa está siguiendo los pasos con gigantes como BAE Systems, Airbus, Leonardo, Thales, Rheinmetall y Dassault. En total, 27 empresas europeas figuran entre las 100 principales a escala global. La dinámica es clara: cuanto más inestabilidad hay en el mundo, más crece este sector. El riesgo es que las políticas públicas acaben subordinadas a intereses económicos y corporativos.

Según datos del SIPRI, entre 2019 y 2023, el 55% de las importaciones de armas europeas provinieron de Estados Unidos. Aun así, países como Francia, Alemania e Italia mantienen una alta dependencia de su propia producción. Y si bien Europa había perdido peso en la producción mundial de armas, actualmente se prepara para expandirse incluso más rápidamente que sus aliados transatlánticos.

Este modelo pone en duda la credibilidad de la UE como proyecto de paz. El artículo 3.1 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea afirma que la Unión debe promover la paz, sus valores y el bienestar de sus pueblos. Apostar por más armas y menos diálogo es, sencillamente, contrario a este mandato fundacional. El aumento de la militarización no resuelve los conflictos: los alimenta.

Es necesaria, por tanto, una alternativa real. Una propuesta de seguridad que no se base en la acumulación de armas, sino en la promoción de los derechos humanos, la cohesión social y la justicia global. Lo que la ciudadanía reclama es una seguridad humana: acceso a servicios públicos, estabilidad económica, justicia climática y paz social. Las amenazas reales no son militares, sino ecosociales: emergencia climática, desigualdades crecientes, crisis de vivienda y laboral.

En este sentido, hay que volver a pensar la seguridad como la capacidad colectiva de responder a los retos de manera cooperativa. Esto quiere decir apostar por el multilateralismo, reformar los organismos internacionales como el Consejo de Seguridad de la ONU y dotar de mayor eficacia a instituciones como la Corte Internacional de Justicia. También implica recuperar el liderazgo de la sociedad civil y garantizar la participación de todas las generaciones en las decisiones que afectan al futuro.

Es preocupante que, mientras la UE impulsa el rearme, se excluyan las voces jóvenes de cualquier toma de decisiones. Son estas generaciones las que tendrán que vivir en un mundo más armado, más inestable y con menos capacidad de afrontar las crisis globales. Esta falta de participación pone de manifiesto un grave déficit democrático.

Además, el rearme europeo puede ser percibido como una amenaza por sus vecinos, añadiendo tensión a un contexto internacional ya bastante delicado. Según el dilema de seguridad, cuando un actor se rearma para protegerse, puede generar miedo y reacciones similares en otros actores, incrementando el riesgo de conflicto. La respuesta no puede ser el miedo, sino la diplomacia.

Hay que impulsar un modelo de seguridad comunitaria, basado en vínculos sociales fuertes, en la paz interpersonal y en una ciudadanía informada, crítica y activa. Entidades de educación en el ocio, centros populares, movimientos sociales y organizaciones de base tienen un papel fundamental en esta construcción colectiva de paz.

El pacifismo no es ingenuidad, es compromiso. Es reconocer que sólo con la cooperación, la solidaridad y el cuidado podremos construir sociedades justas, seguras y sostenibles. Ante la espiral de rearme hay que decir alto y claro: existen alternativas. No sólo debemos rechazar la militarización, sino también imaginar y construir un futuro común en el que la paz sea el pilar central de las políticas públicas.

En FundiPau tenemos la convicción de que otra Europa es posible. Una Europa desarmada, valiente y decidida a poner la vida —y no el miedo— en el centro.

Autoría

  • Albert Caramés Boada

    Director de FundiPau. Llicenciado en Sociología y postgraduado en Cultura de Paz; profesor de Relaciones Internacionales en la U. Blanquerna-Ramon Llull. Ha trabajado en la Escola de Cultura de Pau, NOVACT y con Naciones Unidas y Médicos sin Fronteras en diversos países de África Subsahariana.

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