Trump y la paz mundial, un oxímoron en toda regla

Desde la perspectiva de la paz, la democracia y el Estado de derecho, el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, previsto para el próximo 20 de enero es, sin paliativos, una pésima noticia. En su nuevo intento de materializar la idea MAGA (Make America Great Again) contará no solo con la mayoría republicana tanto en la Cámara de Representantes como en el Senado, sino también con un Tribunal Supremo que ha situado la figura del presidente del país por encima de la ley

De ahí que tanto el balance de su anterior paso por la presidencia, como la lista de componentes de su próximo equipo de gobierno y sus adelantos sobre las medidas que piensa adoptar de inmediato nos aboquen a un escenario muy inquietante, no solo para la propia sociedad estadounidense, sino también para muchas otras, con la ucraniana, la palestina y la europea en primer término.

En primer lugar, los principales sufridores serán muchos de sus propios conciudadanos, ahora en manos de un personaje que promovió el asalto al Capitolio, que ha prometido el indulto para los que actuaron violentamente aquel aciago día y que viene alimentando sin desmayo la polarización social hasta el punto de lo que algunos ven ya como una guerra civil en ciernes. En esa línea, es previsible que salgan perdiendo tanto las mujeres, sobre todo en un tema tan sensible como el derecho al aborto, como los miembros de las minorías, empezando por los que se encuentren en situación irregular, dado que sus reiterados anuncios sobre una política migratoria más restrictiva apuntan a expulsiones masivas (sin olvidar que Joe Biden ha echado a más personas que el propio Trump en su primer mandato).

A ellos se suman, en un marco definido por el claro deterioro acumulado por Washington como líder mundial, todos aquellos que sigan pensando que los valores y los principios deben ser las bases del comportamiento de un Estado que se declara campeón de la democracia, del imperio de la ley y del orden internacional basado en normas. Peor aún, también se van a ver defraudados los que, metidos en una ensoñación iluminada, creen que de su mano Estados Unidos volverá a recuperarse de un declive que muchos consideran ya imparable y que Trump (que es en sí mismo la mejor señal de la cuesta abajo en la que está metido el país) va a terminar con las desestabilizadoras brechas de desigualdad internas, defendiendo a los más vulnerables.

Más allá de su propio territorio, por desgracia, la paz mundial sigue estando lejana. Hoy, según el Instituto de Paz y Economía, se identifican 56 conflictos violentos activos en diferentes rincones del planeta, la cifra más alta desde el final de la II Guerra Mundial, con Palestina y Ucrania como focos más llamativos. Y en ninguno de esos dos conflictos cabe suponer que la reentrada de Trump en escena vaya a traducirse en una mejora de la situación. En el primer caso, los palestinos no solamente quedarán completamente abandonados (como, de hecho, ya lo están actualmente), sino que se encontrarán con un Benjamin Netanyahu aún más crecido, respaldado diplomática, económica y militarmente por un declarado prosionista que busca sacar adelante sus Acuerdos de Abraham, logrando la normalización de relaciones entre Israel y Arabia Saudí, y dispuesto a apoyar aún más a Tel Aviv en su afán por anexionarse todo el territorio que hay entre el río Jordán y el mar Mediterráneo y anular (¿militarmente?) la amenaza que representa Irán en la región.

Los ucranianos aparecen también en lugar destacado en la lista de damnificados por Trump. Aunque todavía no se conozcan los detalles de su “plan de paz”, todo apunta a que Kiev verá recortado el apoyo económico y militar; o, lo que es lo mismo, Moscú aumentará sus opciones de quedarse definitivamente al menos con el Donbás y la península de Crimea. Es más, cabe prever que el presidente ruso reforzará de inmediato la ofensiva para llegar a la previsible mesa de negociaciones en una posición de ventaja que le permita asegurarse aún más territorio ucraniano. Aunque finalmente no llegue a eliminar toda la ayuda, parece claro que Trump ni va a permitir que las fuerzas ucranianas empleen los misiles recibidos hasta su máximo alcance, ni va a entregarle el material necesario para recobrar la iniciativa estratégica. En otras palabras, colocará a Ucrania en una situación insostenible, obligada a aceptar las condiciones que Rusia plantee.

De ahí deriva también la inquietud de los miembros europeos de la OTAN, acuciados por un presidente que ya dijo que animaba a Rusia a hacer lo que quisiera con los que no dedicaran lo suficiente a la defensa. Centrado en su MAGA cabe imaginar que los miembros de la Unión Europea nos encontraremos con una administración aislacionista y, por tanto, más inclinada a reducir sus compromisos con una Alianza Atlántica que, por falta de voluntad política de los Veintisiete, sigue siendo hoy el pilar fundamental de la defensa europea. Solo cabría soñar que, ante ese problemático panorama, sean precisamente la amenaza rusa y el desinterés estadounidense los factores que terminen por hacer creíble la existencia de una Unión Europea con autonomía estratégica.

La visión transaccional del próximo mandatario estadounidense sobre las relaciones internacionales pronostica un debilitamiento del vínculo trasatlántico y, por tanto, un cuestionamiento de la cobertura de seguridad prestada desde hace décadas en el marco de la OTAN, así como una guerra comercial de consecuencias nefastas. Y todo ello mientras el proyecto europeísta pasa por una crisis bien visible, con Alemania y Francia colapsados, y la confirmación de que tanto en la Comisión Europea como en el Parlamento Europeo cobra fuerza un ultranacionalismo escasamente inclinado a potenciar el peso de la UE en el escenario internacional.

En claro contraste con los anteriores, también hay que contar con que habrá otros actores que se sentirán premiados y respaldados por Trump, con los autócratas y los actores antidemocráticos en posiciones destacadas. En plena oleada autoritaria y mientras cobra fuerza la antipolítica, el regreso de Trump puede dar ánimos (y financiación) a quienes tratan de imitarlo en otras latitudes. Todo ello sin olvidar a quienes vislumbran pingües beneficios económicos a rebufo del magnate y a los negacionistas del cambio climático.

Si ya hace años que hemos entendido que frente a las amenazas y desafíos que definen nuestro mundo es necesario adoptar un enfoque multilateral y multidimensional de largo plazo, dado que ningún país en solitario tiene posibilidad alguna de salir airoso del empeño, el unilateralismo y el ultranacionalismo de Trump añade aún más nubarrones al escenario reinante.

*Jesús A. Núñez Villaverde – Codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH)

Autoría

Etiquetas:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *