Cerramos la puerta y queda atrás. Un día más. Otro…

quepunto1-9.jpgLa semana va cogiendo cuerpo y, como ésta, una de cada mes, se culminará el sábado con nuestra visita mensual a “menjadors” (comedores en catalán). En el grupo ya empieza el movimiento y se envían los primeros mails para ir convocando a la gente. Entre medias de nuestros horarios, de nuestros estudios, trabajos… los comedores son prioridad. Hace tiempo que tomamos este compromiso con los más desfavorecidos: una vez al mes colaboraríamos con estos comedores, comprando, elaborando y sirviendo la comida para unas aproximadamente, ahora ya, 120 personas.

El sábado llega, y las faenas ya han quedado repartidas: unos han comprado las butifarras, otros se han encargado de conseguir los botes de tomate… todo sale del fondo común en el cual participamos todos los del grupo. Hacia las 16.00h llegamos, unas 7-9 personas, al barrio de Pedralbes, junto a la iglesia de Santa María Reina. Pedralbes es hoy la zona residencial de más alto standing de Barcelona, con grandes mansiones -antiguas y nuevas- rodeadas de jardín o bloques aislados. Pues, en medio de ella, encontramos unos prefabricados, donde acude gente a comer. Entre risas, buen ambiente y bromas, vamos preparando las ollas, freidoras, mesas, platos…todo lo necesario para que, al cabo de 2 horas, a las 18.00h, todo esté listo para empezar.

Una hora más tarde, a las 17.00h, abrimos la puerta para que la gente pueda ir entrando a un pequeño jardín que hay justo al lado del comedor, con sillas donde sentarse y esperar. Es ahí cuando tenemos nuestro primer contacto con ellos y, según vaya la faena, alguno de nosotros se queda fuera charlando con ellos, escuchándoles, empapándonos de sus cicatrices, de sus duras vidas, de su frío, de su hambre… La vida está hecha de contrastes. Somos lo que somos, porque no somos lo que no somos. Estamos en comparación con los que no estamos. Y hacemos en comparación con lo que dejamos de hacer. Este contraste es impactante en ese jardín, entre esas sillas. Entre ellos mismos, sus situaciones, sus maneras de llegar, sus rostros. Pero aún se acentúa más, cuando, al otro lado de la reja, llegan los primeros invitados a las opulentas celebraciones matrimoniales que se llevan a cabo en la iglesia. Un ir y venir de trajes de noche, fracs, corbatas, gominas, cuellos altos, coches de lujo, flores, perfumes… como en nuestro jardín, igualito que en nuestro jardín. Se miran unos a otros, unos deseando ser los otros y envidiando (sólo algunos) la situación superficialmente feliz que muestran; los otros miran de reojo, evitando ser divisada su curiosidad, ya que eso de mirar está mal visto… Algunos miran con cierto desprecio, con caras desencajadas, huyendo de la realidad, de su realidad. Revuelo general.

 ¿Qué ocurre?

 ¡¡Son las 18.00h!!

 Ya abrimos, ya. A ver, ¿quién tiene el uno?

Suerte que hace rato hemos repartido los números, y ellos se los han gestionado de manera hábil y ordenada. Lo hacen cada día. Se ve que antes había problemas. Al principio, cuando eran menos de 60, no llenaban un turno entero y, entonces, no había problema alguno, ya que todos entraban a la vez y había espacio suficiente. Ahora, acentuado por la crisis, como dicen la mayoría de ellos, es diferente, y se llenan casi 2 turnos enteros, por eso se dan los números en el orden que van llegando. Vayan pasando, entonces.

Una vez entrados, hacemos un breve momento de reflexión. Uno de nosotros se dirige a ellos y nos ayudamos a recordar todos aquellos que no tienen un plato en la mesa, sobretodo la cantidad de niños en el mundo que padecen de este gran mal de la humanidad.

El menú que hacemos nosotros cada mes es un plato de arroz con tomate y dos butifarras. Después, servimos los postres que haya allí, en las neveras: fruta, yogures, pastas, bocadillos, etc; acompañado de un vaso de leche caliente con cacao. Durante la semana, el menú es diferente y, los voluntarios que van cada día se encargan de ir variando las comidas y ofrecer, dentro de lo posible, unas dietas variadas. ¡Y lo hacen maravillosamente!

quepunto1bis.jpgEntre ellos, Pedro. Un trozo inmenso de corazón andante, rumano de nacimiento, pero con huellas en las manos del resto del mundo. De profesión cocinero, y que ahora es el encargado de tirar adelante este comedor durante toda la semana, menos el sábado, el cual dedica sus esfuerzos a velar por el buen funcionamiento de la iglesia, aunque se pasa siempre que puede para echar una mano, ayudar o todo lo que tenga que ver con eso. Un grande superman.

Los primeros van acabando, otros siguen repitiendo, otros van ocupando los sitios que van dejando los que ya habían acabado, otros piden sal, otros pimienta, otros pan, otros…

En sus rostros el mismo Jesús. ¿Por qué nos es tan fácil ver el rostro de Jesús en los más desfavorecidos? ¿Por qué nos cuesta tanto a veces? ¿Por qué nos cuesta encontrar a Jesús?… Fácil es sentirse reflejado. Parte de nosotros. Ellos tienen la pobreza económica, quizá. ¿Qué pobreza tenemos nosotros? ¿la pobreza del corazón? ¿la pobreza del egoísmo? ¿la pobreza del querer?

Recoger, dicen que es coger aquello sembrado, reunir aquello que se ha labrado… En nuestro caso es limpiar las mesas, fregar los platos, vasos, cubiertos (todos ellos a mano, ya que el lavaplatos maravilloso que hay no se puede utilizar los días que hay boda, ya que utiliza un tanto por ciento muy elevado de la electricidad y se lleva mucha corriente de la iglesia… venga ya!!!), fregar las ollas, barrer el suelo… ¡Como una patena que lo dejamos siempre!

Es el momento de recuperar otra vez las risas, las bromas, sabedores del trabajo bien hecho, de haber dado parte de nuestro tiempo a los demás… ¡y qué demás! Marchamos contentos, llenos de vida, esperanzados para un mundo más solidario, mejor.

 ¿Qué hiciste el sábado por la tarde?

 Pues fui con mi grupo de jóvenes a nuestro voluntariado mensual: un comedor social. Allí conocí a Miguel, un joven que… le llaman Miguel, pero le podrían llamar Jesús.

Y se extrañará de su sábado, incluso le mirará con gesto parecido a los que entraban a la iglesia pero, hablando, podría ser que llegaran a empatizar. ¡Quién sabe!

Sacamos las basuras, fuera, al patio. Las escobas y las fregonas, al rincón, como siempre. Los trapos, mojados o no, colgados fuera. Las sillas, otra vez a su sitio. Todo en su sitio y en orden.

Cerramos la puerta y queda atrás. Un día más. Otro. Y ya van unos cuantos. Nosotros algún día, quizá, nos iremos; ellos, tal vez, aún seguirán. O no. Ojalá que no.

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