«Alandar ha sido un respiro para mucha gente»

El 40º aniversario del nacimiento de Alandar nos brinda una excusa perfecta para hablar con Julián del Olmo, fundador -si es que ese título se le puede atribuir a una única persona- de Alandar. Sacerdote y periodista, Julián ha hecho casi todo en el mundo de la comunicación religiosa. Ahora, a sus 80 años y ya retirado también de casi todo, ejerce de cura de proximidad en su barrio de Madrid y, durante el mes de agosto, de alcarreño militante.

Julián del Olmo en el patio de su vivienda familiar, en la localidad alcarreña de Yela, en la ladera de las colinas que bajan de hacia el valle del Tajuña. Autor.-JIC

La cita es en Yela, un pueblo en la ladera de las colinas que bajan desde los altos de la N-II hacia el valle del Tajuña. La carreta que nos ha traído hasta aquí atraviesa los campos de lavanda que la hábil promoción del alcalde de Brihuega, el pueblo grande más cercano, ha convertido en atractivo turístico veraniego, y enormes plantas de placas solares que van sustituyendo poco a poco a los cultivos de cereal, tradicionales de la zona.

Estamos en la Alcarria, la comarca que inmortalizó Cela en un memorable libro de viajes a finales de los años cuarenta del siglo pasado y que ahora forma parte de la tristemente célebre España vaciada. Yela tiene 11 habitantes censados. En invierno, ese número se mantiene a duras penas. En verano, se multiplica por 10 o más. Julián nació aquí en 1942, en uno de los peores años del hambre que siguieron a la Guerra Civil, y nunca ha dejado de presumir de sus orígenes.

Hablamos en el lindo patio de una casa que perteneció a sus abuelos y que ahora comparte en verano con su hermano Jaime, religioso josefino. El patio no tiene limonero, sí tiene una gran parra. El antiguo corral está lleno de recuerdos del pasado agrícola del pueblo y de piezas de forja -algunas de ellas fabricadas por el mismo Julián- que aprendió el oficio de la fragua de su padre, el herrero del pueblo.

La tarde de uno de los últimos días de agosto está nublada, una novedad después de un verano sofocante en el que, ola tras ola de calor, han hecho de nuevo evidente que el cambio climático no es una amenaza futura, sino una realidad que marca ya nuestra vida.

La voz profunda y algo temblorosa de Julián nos transporta a los primeros años ochenta, a una España en plena efervescencia de una democracia recién estrenada y dubitativa, cuyas gentes se dividían entre quienes soñaban e impulsaban cambios políticos y sociales y quienes añoraban los cuarenta años de paz franquista.

La Iglesia española estaba también en efervescencia. De colaboradora incondicional de la rebelión militar había pasado a adoptar una posición mucho más crítica con el régimen dictatorial. El cardenal Tarancón, presidente de la Conferencia Episcopal, había sido una figura clave en la Transición, lo que generó en los sectores más recalcitrantes del franquismo un odio acérrimo que se plasmó en el lema “Tarancón al paredón”. Tras el final, en 1981, de su tercer mandato como presidente de la Conferencia Episcopal, los sectores más progresistas del catolicismo español temían que los vientos conservadores que soplaban en Roma desde el comienzo del pontificado de Juan Pablo II llegasen a España. Tristemente, sus temores estaban más que justificados.

El exdirector de Alandar,  delante de lo que fue la ermita de San Roque, de su pueblo, en un momento de la entrevista, Autor.- JIC

Pregunta.- ¿Cómo nació Alandar? ¿Cómo surgió la idea y cómo comenzó a plasmarse?

Respuesta.- Alandar es la versión humilde de un proyecto más ambicioso, un periódico popular que se llamaría La Calle con el que soñábamos varias personas provenientes de distintos ámbitos -muchas ligadas al PCE- en la Universidad Complutense. Aquello no salió. Era un proyecto que necesitaba dinero y nosotros sólo teníamos sueños.

Cuando Tarancón estaba a punto de jubilarse y veíamos que el taranconismo se podía venir abajo, se me ocurrió hacer un periódico interparroquial donde las comunidades que seguíamos esta línea conciliar y taranconiana pudiéramos hacernos fuertes y refugiarnos de los malos vientos que amenazaban. Empecé a contactar a distintos amigos curas de Madrid y les pareció bien la idea. Comenzamos a reunirnos como 15 o 20 personas, curas y también laicos, en la Parroquia de San Federico. El objetivo primero no era tanto sacar un periódico o una revista, sino discutir qué podíamos hacer para mantener vivo el espíritu taranconista. El primer día que nos reunimos, nuestro amigo Jacinto Solano, de la Parroquia de la Cena del Señor, preparó una paella. Y eso se convirtió en una tradición: la reunión de la paella.

Nos encontramos una vez al mes durante un año o así. Hablábamos, comíamos la paella, soñábamos… El estudio de arquitectura Saconia nos dejó un lugar para tener una pequeña sede y pusimos dinero para crear una empresa. Cada uno aportó lo que pudo y ese capital se convirtió en acciones para constituir una sociedad legal entre las 20-25 personas que nos implicamos en el proyecto. Nos organizamos como empresa, pero sin ser verdaderamente una empresa y sin querer ser una empresa. No había ingresos, así que la cosa nos costaba dinero. La idea era implicar a las parroquias para que se distribuyese a través de ellas. Incluso contratamos a alguien del grupo para que se dedicase a dar a conocer la revista. Algunas parroquias compraban un cierto número de ejemplares y los regalaban en la parroquia.

[En la conversación salen algunos nombres como José Antonio Carro, Ignacio de San Federico, Carlos F. Barberá, Ramón Ajo… la lista no es ni mucho menos exhaustiva]

Julián sigue contando:

Éramos gente muy variada, pero dentro de una misma línea. Fuimos pensando distintas secciones y yo me ocupaba de coordinar las tareas de redacción. Se fue incorporando nueva gente, algunas comunidades religiosas. Era todo muy elemental. El objetivo era, como digo, intentar mantener la línea de Tarancón y mantener unidas a las comunidades que estábamos dentro de esa línea. Se lo presentamos a Tarancón, que ni lo aprobó ni lo desaprobó. Pero sí que estaba al tanto. No era un proyecto muy organizado, pero sí muy ilusionante y unificador.

P.- Un emblema de Alandar es la imagen de la tortuga. No sé si surgió inmediatamente.

R.- Surgió en un segundo momento. Se le ocurrió a Pilar Barbazán. Primero era como una mascota y luego se convirtió en la imagen de la revista. Como digo, todo se hacía sobre la marcha, no había planes. Lo importante era arrancar, pero no teníamos idea de cuánto iba a durar el proyecto o de cómo iba a durar. Era todo muy espontáneo, un momento de ilusión. Todavía no nos había caído encima la losa que nos caería luego.

P.- Otro emblema de Alandar en los primeros tiempos fueron los Folletos Alandar.

R.- Sí. Era una idea tomada de Vida Nueva. Pensábamos que era necesario no sólo informar, sino formar. De ahí salieron folletos como Oye, Dios, ¿por qué sufrimos? o la entrevista que le hicimos a Tierno Galván, Yo no soy ateo. Ahí estaba Martín Valmaseda, que es y siempre ha sido un crack, que tuvo la idea de hacer el Catecismo Alandar, que fue una publicación estrella. También estaban Goyo Ruiz, un jesuita que era un biblista excelente, Carlos Barberá, Julio Lois… Gente de mucho nivel. Tuvieron mucho impacto porque tenían un lenguaje fresco. Todavía hay gente que guarda la colección.

P.- En los folletos y en la revista había un componente humorístico muy importante. ¿Eso lo tuvisteis claro desde el principio?

R.- No, eso lo trajo Valmaseda, que escribe con mucha retranca y muy bien. Era todo improvisado y muy divertido. Ten en cuenta que la base de todo eran las paellas, que era donde se celebraban el consejo de redacción y el consejo de accionistas. Ya digo, éramos una antiempresa. Soñábamos cada uno a nuestra manera.

P.- Dejemos un poco Alandar y hablemos de ti. Tú venías del mundo rural y del mundo obrero de la periferia de Madrid. ¿Cuándo te despertó esa vocación por el periodismo?

R.- Yo la he tenido desde siempre. Siempre quise escribir y ser periodista. Mi padre era un gran lector. No tenía muchos medios a su alcance, pero se compraba dos periódicos todas las semanas, El Caso y La Nueva Alcarria. Luego, salía a un muro bajo que hay en la plaza del pueblo, se sentaba allí y leía las noticias que consideraba más importantes a la gente. Y yo quería escribir en los periódicos que leía mi padre.

En el seminario, querían que hiciese Teología en la Universidad Comillas, pero yo pedí hacer periodismo. El obispo de Sigüenza, Castán Lacoma, dijo que no, que era una profesión peligrosa para un sacerdote. Pero seguí escribiendo poesía y, ya de cura, empecé a escribir en el Eco, el boletín de la Diócesis. Cuando después llegué a Madrid y mientras trabajaba en una parroquia de la periferia de la ciudad, me pude matricular finalmente en la Facultad de Ciencias de la Información, ya con treinta y tantos años.

Luego, Tarancón y Martín Patiño me llamaron para entrar al equipo de los programas religiosos de TVE. Al mismo tiempo, colaboraba con diversas revistas y, por ese lado, surgió la oportunidad de trabajar en Vida Nueva, primero como redactor y luego como redactor-jefe, hasta que echaron al director, Pedro Miguel Lamet, y yo también me fui. En TVE me metí más y más en la programación religiosa de la mano de Eduardo Gil del Muro, primero en la retransmisión de la misa y luego en Pueblo de Dios. Pero vamos, lo importante de toda esta historia es que yo quería escribir en un periódico para que mi padre leyera mis noticias a los vecinos de Yela.

P.- Has hecho de todo en periodismo socio-religioso. Si tuvieras que elegir entre todas las cosas que has hecho, ¿con cuál te quedarías?

R.- Yo he estado a gusto en todo lo que he hecho. Soy una persona que valora las cosas. Sobre todo, las pequeñas cosas, que son las que podemos hacer. Las grandes cosas… habrá una oportunidad para hacerlas, o tal vez no. En la parroquia teníamos una revista que producíamos con una multicopista. Se llamaba El canalillo y yo estaba entusiasmado con ella. Luego me llaman de Vida Nueva o Pueblo de Dios y, claro, es otro nivel… Hay que estar en las pequeñas cosas y, si luego llegan las grandes, pues bien, pero cualquier cosa que ayude a otra persona, aunque sea sólo a una, ya compensa una vida. Yo hago una vez a la semana un salmo que distribuyo por WhatsApp. A mí, con que lo lea una persona, me basta. Si lo leen 200, pues mucho mejor.

P.- Todo lo has hecho con una perspectiva de que otro mundo y otra Iglesia son posibles. ¿Lo sigues creyendo?

R.- No es que sean posibles, es que ya están aquí. Yo he tenido la suerte de conocer esas comunidades que están haciendo realidad esa otra Iglesia y ese otro mundo. Por supuesto, a pequeña escala. No creo que estemos capacitados para cambiar el mundo en su totalidad. Esa idea está bien como utopía, pero cada uno tiene que cambiar su realidad concreta. Hay un mundo nuevo y una Iglesia nueva, pero un trozo aquí, otro allá…

P.- ¿Crees que es posible que esos trozos se acaben uniendo hasta crear un cambio global?

Tras un momento de silencio en el que parece debatirse entre la sinceridad y la corrección política, Julián finalmente contesta:

R.- No.

Más silencio.

Yo soy positivo por principio, pero también sé que hay muchos intereses detrás de muchas cosas. Intereses muy fuertes. En la Iglesia y en la sociedad. Y la condición humana es la que es.

P.- Si ese otro mundo y esa otra Iglesia existen ya, ¿por qué se ven tan poco? ¿Tiene que ver con la manera de comunicar de la Iglesia?

R.– Hay que distinguir dos cosas. Una es la manera en la que comunica la Iglesia, que es muy deficiente. Otra es que hay comunidades que se concentran en cambiar su pequeño mundo, pero no se preocupan por comunicarlo, que no tienen interés por el protagonismo, sino por vivir esa realidad comunitaria de cambio.

P.- ¿Qué habría que cambiar a nivel de comunicación en la Iglesia?

R.- Muchísimo. Lo primero, tendríamos que tener claro qué comunicar y para qué. Ahora mismo, estamos compitiendo con las herramientas del marketing, con el lenguaje de los demás. Pero hay que contar otras cosas y ser creíbles. Hablar desde lo concreto, que es lo que da más credibilidad.

P.- Volviendo a Alandar, ¿qué papel crees que ha jugado, juega y puede o debe jugar dentro de ese escenario del periodismo socio-religioso?

R.- Creo que ha jugado un papel de respiro para mucha gente. Un problema de la comunicación de la Iglesia es la uniformidad. Pero nadie agota la fe, nadie agota a Jesús, nadie agota a Dios. Alandar mostraba que había otra manera de vivir la fe, de entender a Jesús, de entender a Dios en un momento en que no había tanta pluralidad en los medios de comunicación de la Iglesia.

Ahora esa pluralidad es mayor, porque es más fácil tener un medio digital, o un blog, pero, antes, cuando los medios digitales no existían, Alandar aportaba una frescura y abría unos interrogantes que ningún otro medio de comunicación abría. Y esos interrogantes eran enriquecedores. Era una muestra de que no había o hay una única manera de ver la fe.

De cara al futuro, yo creo que Alandar aporta el valor de lo pequeño. Yo creo que su objetivo es una palabra que está ahora de moda en algunos ámbitos: Sumar. Es importantísimo. No plantear soluciones ni verdades definitivas, sino sumar. Ser una pieza en un puzzle en el que caben ideas y miradas diferentes que conviven gracias a la tolerancia. Si aportamos un 0,01%, pues bien está. No hay que buscar aportar el 100%. Esa pretensión puede ser hasta peligrosa.

Ahí sale a colación el viejo refrán castellano: “Un grano no hace granero, pero ayuda al compañero”.

Luego, la conversación se hace trashumante y Julián nos guía, orgulloso, por el paisaje físico y humano de una Yela de final de agosto llena de barullo y de gente. Por supuesto, pasamos por el muro de la plaza en el que Julián padre leía a sus vecinos las noticias más relevantes del pueblo. El muro en donde a Julián hijo le nació la vocación del periodismo.

Autoría

  • Juan Ignacio Cortés

    He sido muchas cosas en la vida (hasta trabajé en una fábrica cuando el periodismo no me daba para vivir), pero sobre todo me considero alguien a quien le gusta escuchar y contar historias. Algunas de las historias que me contaron para que las contase las recogí en dos libros: "Historia del Brasil" y "Lobos con piel de cordero. Pederastia y crisis en la Iglesia Católica". Desde que en primera adolescencia (creo que voy por la tercera, aunque me estoy quitando) leí "Cien años de soledad" quise ser Gabriel García Márquez. Aunque por supuesto no lo he conseguido, por el camino conseguí viajar numerosas ocasiones a América Latina y algunas a África; escribir reportajes sobre Brasil, Ecuador, Cuba, Chad o Mozambique y trabajar para una organización de derechos humanos a la que respeto mucho y para las Naciones Unidas. En el campo de la cultura, fui parte del equipo político de la Consejería de Cultura de Castilla-La Mancha y del equipo de prensa del Círculo de Bellas Artes. Hablando de guerras y otras injusticias, soy de los que pienso que las cosas tienen que cambiar, aunque es difícil que lo hagan.

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