Bari, cruce del ecumenismo y el diálogo

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La conferencia internacional organizada por la Comunidad de Sant’Egidio se celebró en Bari el pasado mes de abril. La escalada de la violencia y la persecución contra los cristianos en Oriente Medio ha llegado a niveles inimaginables hasta hace pocos años. Y el diálogo por la paz es el arma más poderosa que puede usarse. Por lo tanto, en Bari (Italia), la Comunidad de Sant’Egidio ha reunido en torno a una sola mesa a todo el panorama del cristianismo en la cumbre «Los cristianos en Oriente Medio: ¿cuál es el futuro?«. Asistieron arzobispos, patriarcas de Pentarquía ortodoxa, copta y católica. Pero también cancilleres y funcionarios de Italia, Rusia, Alemania, Francia, Líbano e Inglaterra. Todos juntos dialogando sobre los medios para lograr la paz en Oriente Medio. El Isis, las células terroristas y el totalitarismo están poniendo en serio peligro a las comunidades cristianas de la cuna del judaísmo, el cristianismo y el islam. Sin cometer el pecado de la exageración se puede hablar de nuevos mártires, porque el martirio, como dijo Andrea Riccardi, fundador de la Comunidad de Sant’Egidio, «no es de los que buscan la muerte o se suicidan para matar a otros. El martirio es el de alguien que, mientras que quiere vivir, no renuncia a su fe e identidad«. Pero la pregunta que resuena en la mente de las mujeres y los hombres forzados a huir de sus hogares y de sus tierras es: ¿por qué todo esto? ¿Por qué contra los cristianos? La pregunta, difícil de responder, es un verdadero grito de ayuda.

Frente al mundo, en la ciudad de San Nicolás, símbolo sagrado del ecumenismo y la unión de los pueblos, que escenificó la verdadera unidad de los cristianos. Una comunidad, cultural e históricamente establecida, de increíble importancia en la zona del este italiano. «En la larga historia del mundo árabe -dijo Riccardi- las minorías cristianas han sido una realidad de la apertura y la garantía del pluralismo. Su eliminación es un suicidio del pluralismo, que tendrán que pagar los propios musulmanes, especialmente de las minorías musulmanas consideradas heterodoxas, chiíes, mujeres, los jóvenes más globalizados y más laicos. Un mundo está desapareciendo: es una tragedia para los cristianos, el vacío de las sociedades musulmanas, una pérdida para el equilibrio del Mediterráneo y para la civilización».

Están en juego, para entendernos, la dignidad y la libertad, no solo religiosas, de los seres humanos. No es una visión catastrófica de la historia, porque si de nosotros llegan noticias fragmentarias de los hechos, en aquellos lugares las comunidades son literalmente barridas. «Esas tierras han vivido durante siglos en el compartir”, afirmó Paul Richard Gallagher, el secretario de Relaciones Exteriores de la Santa Sede. “Por supuesto, los momentos tensos no han faltado nunca. Pero hoy en día la situación es dramática. En conversaciones con las instituciones de los países extranjeros, Oriente Medio está siempre en el centro de los pensamientos del papa. Porque, como él dice, este sufrimiento clama en contra de Dios. Y la comunidad internacional no puede permanecer en silencio frente a esta situación. Debe tomar medidas y promover la paz y el desarrollo. La violencia engendra violencia. La paz genera progreso. Frente a estos desafíos, ¿qué puede hacer la Iglesia? Ciertamente, puede apoyar a los hermanos cristianos en la oración. Pero también puede fomentar el diálogo y todas las acciones encaminadas a la cohesión social. El diálogo interreligioso es muy importante, es un verdadero antídoto contra el fundamentalismo».

Hay que tener cuidado con tratar con indiferencia a todo esto, porque no es un problema limitado a ese área. Todo lo que sucede más allá del Mediterráneo repercute inevitablemente en el viejo continente. Tal y como reiteró el italiano Paolo Gentiloni, ministro de Relaciones Exteriores: «Desde hace años, Europa tiene una enfermedad llamada pereza, egoísmo, indiferencia. Somos prisioneros de nuestro egoísmo y de las ilusiones que el egoísmo alimenta. Hoy la movilización de la comunidad internacional es esencial. La respuesta a los agresores, sin embargo, no debe interpretarse como una guerra dirigida a esos Estados. Europa debe ofrecer actividades de apoyo humanitario y controles contra la financiación procedente de los terroristas».

Pero la pregunta que recorre toda la historia una vez más es: ¿Por qué? ¿Por qué tanta violencia contra los cristianos? ¿Por qué las instancias internacionales permiten al mundo creer que el islam se identifica con Isis y los yihadistas? ¿Por qué Europa y la ONU no intervienen de manera decisiva? Una respuesta seca, tristemente realista, la ofreció el patriarca Ignace Youssif III Younan de Antioquía: «Nosotros no solo necesitamos ayuda humanitaria, necesitamos vivir una verdadera ciudadanía, necesitamos ser ciudadanos de nuestra tierra. Es triste decir que, en las relaciones con el islam, Occidente solo está interesado en los petrodólares de los Estados del Golfo y en el yihadismo radical que, hundiendo sus raíces en el islam político, difunde el terror y amenaza a los pueblos y las civilizaciones de Occidente. Hay un servilismo de Europa ante la ONU, Rusia y los EEUU». Tristemente cierto.
La cumbre de Bari, sin embargo, ha ofrecido un rayo de esperanza para el mundo, no solo a Oriente Medio. Si una sola comunidad católica, como la de Sant’Egidio, ha conseguido reunir a todo un mundo religioso, entonces la esperanza de que el verdadero Oriente Medio, pacífico y tolerante, emerja por encima de aquel otro violento, intolerante y totalitario puede convertirse en una realidad.

*(Publicado originalmente en Il Quotidiano italiano el 30 de abril de 2015. Traducción de Rafael San Román).

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